30 TEXTOS para pensar cinco minutos.........cada día

30 TEXTOS para pensar cinco minutos …. cada día

 

 

 

Primero

1. En el mensaje de Cuaresma 2016 encontramos que Francisco le otorga a la actitud de la escucha un lugar de importancia. Así el Papa presenta los conceptos de: escucha, escuchar y escuchen. Son siete menciones en total: “escuchar la Palabra de Dios”, “primacía de la escucha orante de la Palabra sobre todo de la palabra profética”, “escucha perfecta de Dios”, “escuchar de distintas maneras el primer anuncio”, “la escucha como forma de evitar la alienación existencial”, la mención del texto de Lázaro y el rico y el pasaje de Lucas “tienen a Moisés y los profetas: que los escuchen” (Lc 16,29) y finalmente “la escucha activa” como actitud pascual y escatológica.

 

 

 

Para el pensamiento y la reflexión bíblica, la intervención de Dios en la historia, la revelación, acontece como un proceso de escucha de su Palabra y de la respuesta a ella mediante la fe como don de la gracia. Entre estas experiencias de escucha se ubica la del profeta, del hombre y la mujer que está lleno del Espíritu de Dios, que anuncian la Palabra de Dios y denuncian todo aquello que va contra esa palabra liberadora, especialmente los abusos cometidos contra los huérfanos, los extranjeros o las viudas. El profeta y su experiencia tiene un lugar de importancia en el mensaje cuaresmal. Para comprender un poco más la teología de la escucha desde la misión profética, leeremos un texto de Isaías correspondiente al Tercer Canto del Siervo de Yahvé: “El Señor Dios me ha dado lengua de discípulo, para que Yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos” (Is 50,4) 

 

Juan P. Espinosa

 

 

 

 

Segundo

 

 

2. (La alegría del evangelio de Francisco nº 262)

 

 

 

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación». Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad.

 

 

 

Tercero

 

3.  Pero Dios tampoco tiene una varita mágica con la que nos haga salir siempre airosos de nuestros trabajos. Quizás haya personas que todavía andan por la vida como si las cosas se pudieran arreglar recitando oraciones, pero sin comprometerse personalmente en nada. No es sincera una oración en la que pedimos a Dios que arregle nuestro mundo mientras nosotros nos desentendemos de todo. Sólo debemos pedir a Dios lo que queremos de verdad y por lo que nos esforzamos sinceramente. Tendremos que cuidar que nuestra oración sea un acto de sinceridad ante Dios, sin decir mentiras o palabras vacías. Que lo que digamos con los labios salga del corazón. Pero habremos de cuidar también que nuestra oración no nos lleve a cruzarnos de brazos cómodamente mientras esperamos soluciones milagrosas. Sólo seremos capaces de pedir a Dios una cosa con insistencia si también nos esforzamos por ello con insistencia. 

 

 Cuando Jesús invita a «orar siempre sin desanimarse» no está pensando probablemente en una oración profunda nacida del silencio interior y la contemplación. Nos está invitando a aliviar la dureza de la vida recordando que tenemos un Padre. Algunos lo hacen con palabras confiadas de creyente, otros con fórmulas repetidas durante siglos por muchas generaciones, otros desde un corazón que casi ha olvidado la fe. A todos escucha Dios con amor. 

 

 

¿Si así actuamos con las necesidades concretas e inmediatas, por qué creemos que las lejanas y generales las ha de resolver el mismísimo Dios? ¡Somos unos tontos o unos ingenuos! ¡Somos nosotros los que tenemos que movernos para resolver nuestros problemas, los próximos y los lejanos! Lo decía claramente san Agustín: “La oración no es para mover a Dios, sino para movernos a nosotros“.

 

Cuarto

 

 

4. De El primer siglo después de Beatriz” de Amin Malouf

 

 

¡Cuántas veces me pregunto cómo habíamos llegado a esto!

 

….. no puedo dejar de creer que existían otros caminos.

 

........... y trato de imaginar los caminos que habría podido seguir la irritante especie a la que pertenezco.          

 

Reconstruyo entonces, en el espacio de un paseo, un mundo diferente. Un mundo en el que la libertad y la prosperidad se habrían esparcido progresivamente como las ondas en la superficie del agua. Un mundo en el que la medicina, después de haber vencido todas las enfermedades y aniquilado todas epidemias, no tendría otro desafío que hacer retroceder indefinidamente a la vejez y a la muerte. Un mundo en el que la ignorancia y la violencia habrían sido desterradas. Un mundo liberado de las últimas zonas de oscuridad. Sí, una humanidad reconciliada, generosa y conquistadora, con los ojos clavados en las estrellas, en la eternidad.

 

A esa especie yo habría estado orgulloso de pertenecer. (156)

 

 

            “Suelo pensar –me perdonarán, estos seguro, estas elucubraciones de viejo- que el paraíso terrenal mencionado en las Escrituras no es un mito de los tiempos pasados, sino una profecía, una visión del futuro. Desde hacía algunas décadas el hombre parecía en vías de edificar ese Paraíso. Nunca hasta entonces había podido dominar hasta ese punto la materia, la vida, la energía de la naturaleza y se prometía vencer a la enfermedad….. mis palabras no son las de un impío; si la ciencia hace que desaparezca el Dios del Cómo es para hacer que aparezca en Dios del Por Qué, que no desaparecerá jamás Le creo capaz de dar al hombre todos los poderes, incluso el de dominar la vida y la muerte, que, después de todo, no son más que fenómenos naturales. Sí, creo a Dios capaz de asociarnos a nosotros, sus criaturas, a su creación. Cuando manipulo los genes de un peral tengo la profunda convicción de que Dios me ha dado la capacidad y el derecho. Pero hay frutos prohibidos. No el sexo o el conocimiento, como ingenuamente pensaron nuestros antepasados; los frutos prohibidos son más complejos, más difíciles de circunscribir, y será nuestra sensatez más que nuestras creencias la que nos los señalará. (107)

 

 

Quinto

 

5. Contemplación

 

 

            Para los cristianos hay una relación particularmente importante y configuradora, que es la relación con Jesucristo. En la espiritualidad ignaciana encuentra  un lugar primordial. Este encuentro con El tiene a veces forma de diálogo de amistad –“como un amigo que habla a otro”, decía Ignacio- pero en los ejercicio espirituales tiene otras muchas veces la forma de la contemplación. En la contemplación se trata de mirar a Jesús en las escenas del evangelio e introducirnos en ellas como si estuviéramos presentes. Es una forma de oración pasiva pero fuertemente transformadora. No hace falta hablar, solo saber estar. SE mira, se siente, se gusta y colabora en lo que se puede. En ella no hay “indoctrinación” sólo exposición a la vida de Jesús, a sus sentimientos y actitudes.

 

            Contemplar es algo así como mirar amorosamente, estáticamente, cariñosamente. Supone permitir que los sentimientos que tenía Jesús pasen, siquiera por un momento, por nuestro corazón: su ternura, su simpatía, se paz, su libertad, su desprendimiento, su serenidad, su agudeza, su compasión. Uno no puede dejar de sentir admiración y asombro ante este hombre, pues todos somos sensibles a la calidad humana.

 

            Contemplar a Jesús como un amigo es profundamente transformador. Cambia la sensibilidad porque modifica la orientación del corazón. Gustan otras cosas y disgustan otras que antes atraían. Después puede que yo no sepan a nada. De ahí suelen brotar opciones sólidas, que no son mero voluntarismo, sino respuesta agradecida y una dejarse llevar por la nueva sensibilidad así adquirida. Sólo así se explican muchas vidas entregadas alegremente entre los últimos

 

Patxi Álvarez de los Mozos. Por la inclusión y la sostenibilidad. Bilbao 2015. Ed. Mensajero pag 81.82

 

 

 

 Sexto

 

6. De Gonzáles Carvajal.

 

 

“Así es el hombre moderno: tiene tanta prisa que ha empezado a caminar sin pensar previamente a dónde ir. Atajo funesto, sin duda, porque si no sabemos a dónde queremos ir acabaremos llegando a otro sitio (lo dicen los hermanos Marx)”

 

Reflexión que me hace recordar lo de Kerouac: ¿Chicos, vais a alguna parte o simplemente vais?

 

O lo de Maalouf: “Hemos entrado en el siglo XXI sin brújula”

 

Y lo del evangelio. ¿A dónde vas no sabemos el camino? Pero Tomás, si Yo soy el camino y la vida… tú sígueme

 

 

Séptimo

 

7 En la conferencia de Dominicos en San Esteban el 3 de septiembre de 2016: sobre los derechos humanos.

 

Marcela Soto Ahumada expuso los obstáculos que impiden que la promoción y la defensa de los derechos humanos sean parte integrante de la predicación dominicana: "Nada debería impedir que prediquemos en defensa de los derechos humanos, sin embargo existen obstáculos evidentes". Marcela citó algunos de esos obstáculos como son la falta de contacto con la realidad por parte de los predicadores, su falta de preparación y poco espíritu crítico, la comodidad que les lleva a evitar temas conflictivos, la falta de discernimiento comunitario, el descuido de la vida interior, el individualismo y no una predicación comunitaria, la falta de diálogo con las personas que no piensan igual, la exclusión de la realidad de la mujer... Y tras plantear los obstáculos, enumeró las características de ha de tener la predicación dominicana: debe ser una predicación humanizadora que reconoce las semillas del Verbo en todas las culturas del mundo; una predicación inclusiva, de Familia; una predicación desde la cultura presente; una predicación que brota de la contemplación y el estudio; una predicación con los pies en la tierra desde la realidad personal; y una predicación desde la justicia: "La justicia es elemento fundamental en la predicación. Sin el compromiso con la justicia y la paz no es posible la evangelización auténtica, ni es posible ayudar en la construcción del Reino. Es algo que entendió Santo Domingo".

 

 

 

Octavo

 

8. (Fray Marcos)

 

Alguno puede pensar que aceptar la misericordia de Dios, invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión, muy corriente entre nosotros, indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, pero no puede afectarme hasta que yo no la acepte y la haga mía. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda, es entender la relación con Dios de una manera mecánica, jurídica y externa. Al contrario, la actitud de Dios para conmigo tiene que ser el motor de cambio en mí.

 

 

Noveno

 

9. “dicen que por delante de la celebración y el Credo habría que poner lo que ellos consideran lo más decisivo de los de Cristo, es  una vida auténticamente cristiana. Ella vendría en primer lugar, luego el Credo y por ultimo, y tal vez devaluada a ornamental y obligatoria, la celebración. Cuando hable luego de la vida cristiana ponderaré yo también la importancia, e incluso el carácter “decisivo” que en ella tienen la praxis. Sin embargo, sigo manteniendo que la celebración es lo más importante y peculiar de los de Cristo. Y es que si este, antes que maestro y modelo de vida es el anuncio hecho hombre del amor de Dios a la humanidad, lo primero y más elemental de los suyos será reconocer, agradecer y alabar a ese Amor encarnado.

 

            En esto consiste precisamente la celebración cristiana. Mediante ella somos más que nosotros mismos y nos mantenemos, si así puede hablarse, a la altura de ese Dios cuyo ser y obrar ponderamos. En cambio, con nuestra conducta cristiana, por auténtica y aún extraordinaria que sea, no abandonamos nuestro propio nivel de creaturas. Dicho plásticamente: si nuestras manos no son capaces de dar la réplica adecuada a Dios, nuestro corazón y nuestros labios sí lo son cuando acogen y agradecen lo que ha hecho por nosotros. Por eso el sentimiento primordial de los de Cristo no es la responsabilidad, sino la alegría de ser amados de esa manera por Dios. Es ella la que pone en marcha el deseo de corresponder y hacer de nuestra vida entera una acción de gracias. Pero esa conducta sería ya una forma de celebración” Luis María Armendáriz. “Ser cristiano es… tres opciones y tres gestos” pag 29.

 

 

Décimo

 

10. Laudato si.

 

240. Las Personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones. Las criaturas tienden hacia Dios, y a su vez es propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa, de tal modo que en el seno del universo podemos encontrar un sinnúmero de constantes relaciones que se entrelazan secretamente. Esto no sólo nos invita a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas, sino que nos lleva a descubrir una clave de nuestra propia realización. Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad.

 

 

 

11. León Felipe

 

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.

 

 

 

12. Contemplación. Joxe Arregi.

 

----. El término latino contemplare significaba originariamente la observación del vuelo de las aves en el cielo por parte de los augures o adivinos de oficio; lo hacían desde el templum, un espacio delimitado pero abierto en el campo o en el bosque. Reinventemos la contemplación. Aprendamos a mirar el cielo y la tierra, lo invisible en lo visible, lo posible en lo real. Advirtamos las amenazas y las oportunidades del mundo en que vivimos. Miremos en el presente las señales de otro futuro mejor, para hacerlo real abramos los ojos de fuera y de dentro…… hasta que el dolor de los demás transforme nuestra mirada, hasta que nuestra mirada se vuelva transformadora.

 

Contemplar es ver lo invisible. Lo esencial es invisible. Lo invisible es lo esencial. Contempla el Misterio invisible en todo lo que ves, con ojos nuevos.

 

Contemplar es atender. Atender es mirar y vivir con atención. Atender es dejar que el Misterio de la realidad se revele plenamente en todo cuanto. Atender es hacer silencio, calmar emociones, liberarse de apegos, de saberes, creencias y esquemas mentales. Atender es ver a Dios en cada ser…… Atender es sintonizar, simpatizar, compadecerse y cuidar al herido. Atender es mirar la realidad con lucidez y con entrañas, y así recrearla…….. Como Dios en el Génesis: “Miró Dios y vio que todo era bueno”. Atender es crear. En la tradición monástica cristiana, a la lectio (lectura) sigue la oratio (oración vocal), a la oratio sigue la meditatio (reflexión mental y cordial), y a la meditatio sigue la contemplatio, “engolfarse en Dios”, que diría Santa Teresa, lo mismo en el coro que entre pucheros.

 

Una contemplación que no se traduzca en compasión y compromiso, que no sea creadora, no es verdadera contemplación. Un compromiso militante que no se inspira en la mirada contemplativa (no digo religiosa), no es libre ni liberador, no crea. Donde se da lo uno se da lo otro, y donde falta lo uno falta lo otro. Nuestra sociedad necesita contemplativos por la misma razón por la que necesita militantes, y necesita militantes por la misma razón por la que necesita contemplativos. ¿Cuál es la razón? Que un mundo todavía invisible ha de hacerse realidad.

 

 

 

 Decimotercero

 

13. " ¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece? 
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla? 
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe? 
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo? 
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. 
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. 
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. 
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti. " 

 

 

14. EL PEQUEÑO PEZ

 

 

«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado».

 

«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».

 

«¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

 

 

 

15. Audiencia del  Papa el miércoles 26 de abril de 2017

 

Las palabras del Evangelio de san Mateo que acabamos de escuchar nos aseguran que nuestro Dios es un Dios cercano, que camina a nuestro lado. No es un Dios lejano e indiferente, sino lleno de amor y de ternura por cada hombre y mujer. A diferencia de nosotros, hábiles en arruinar vínculos y derribar puentes, Dios permanece fiel, nunca nos deja solos, sino que camina siempre a nuestro lado, aun cuando nos olvidáramos de él.

 

La existencia de todo ser humano es un camino, una peregrinación. La Sagrada Escritura está llena de historias de peregrinos y viajeros, como la de Abrahán que, siguiendo la voz del Señor, abandonó su tierra para ir al encuentro de Dios. En el camino de la vida nadie está solo, y para nosotros los cristianos, esta certeza es aún más fuerte, pues las palabras de Jesús: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo», nos aseguran que él nos cuida y nos acompaña siempre.

 

Entre los símbolos cristianos de la esperanza está el ancla, que evidencia cómo la esperanza cristiana no sea un sentimiento indefinido que quisiera mejorar el mundo con la propia fuerza de voluntad, sino la seguridad en lo que Dios nos ha prometido y realizado en Jesús.

 

 

 

16.  Pastoral sobre el domingo 1993. Obispos del País vasco

 

 

 

Nº 58. Es cierto que en la noción misma de celebración y de fiesta entra la idea de ruptura con lo cotidiano. El domingo es distinto y separado de los demás días de la semana. Son muchos los sig­nos con los que marcamos nuestra voluntad de distanciamiento: el descanso, la fiesta, las diver­siones, el vestido, la comida, las flores...

 

            Esto no quiere decir que la celebración del domingo aísle a los cristianos, por un día, del mundo que habitan, para encerrarlos en un recin­to sacro o en una especie de compartimento es­tanco artificial, sin conexión con los problemas reales de cada día, que está viviendo en su propia persona y en la sociedad.

 

            Una celebración de domingo extraña a la vi­da, atemporal, aséptica, distante de la realidad palpitante del mundo y de la historia, ajena al compromiso y a la lucha, equivocadamente espi­ritualista, sería, no sin razón, inculpada de alienante y deshumanizante, por arrancar al hombre del humus en que hunde sus raíces. Al hombre de finales del siglo XX, que tiene una conciencia muy despierta de su condición de «ser‑en‑el‑­mundo» y de «ser‑en‑la‑historia», difícilmente pueden interesarle celebraciones que se desen­tienden del mundo y de la historia.

 

            La celebración del domingo es comunicación, hecha a la Iglesia y a la humanidad, del misterio salvador de Cristo en un momento concreto de su inserción en la historia humana y en el mundo. La vida de los hombres y el mundo en que viven tienen que hacerse presentes en las celebraciones de la Iglesia. No es que ésta vaya a celebrar los acontecimientos de la historia de los hombres. La Iglesia, en su liturgia, celebra siempre y sólo el acontecimiento pascual. Pero la Pascua debe ir impregnando la historia humana y para ello ésta, para ser salvada, debe ser asumida por el misterio pascual.

 

            En la celebración eucarística dominical no faltan momentos aptos para que la asamblea se haga eco y se sienta solidaria de los combates, anhelos, tristezas, alegrías, problemas y necesi­dades, tanto de la propia comunidad y del pueblo o ciudad en que radica como de la humanidad en­tera. A ello han de servir la homilía que ilumine los acontecimientos desde la Palabra, la oración universal, las colectas especiales, etc.

 

 

 

17. Pastoral sobre el domingo 1993. Obispos del País vasco

 

 

 

Nº 73. El domingo ha de ser un día en que la comunidad cristiana viva con especial hondura e intensidad el mandato del amor. Es un día de compartir: fe, amor, esperanza, tiempo, alegría, bienes materiales. Es día de acercarse a los demás en actitud de donación personal, de regalarse uno a los demás gratuitamente, sin prisas, sin obligaciones que constriñen. Éste ha de ser el talante de cercanía y convivencia fraterna que ha de predominar a lo largo del domingo, dentro y fuera de la celebración eucarística.

 

            En una celebración eucarística bien realizada crece la comunidad exterior e interiormente. Pero es de gran importancia para que ello sea así, cuidar los signos de comunión: la acogida mutua, el evitar la dispersión en el templo, el saludarse y despedirse cordialmente, sin prisas; el rito del perdón y de la paz; el cantar y orar unidos; la comunicación de bienes por medio de la colecta; participar del mis­mo pan y del mismo vino eucarísticos.

 

            En el ámbito mismo de la celebración han de resonar las preocupaciones y problemas sociales, tanto los locales como los universales, y también las llamadas a la solidaridad y al compromiso en la vida cívico‑social. Podemos preguntarnos si nuestras asambleas dominicales se hacen eco ha­bitualmente de los sufrimientos y necesidades de la propia comunidad, del pueblo al que pertene­cemos y de todas las naciones del mundo. La paz, los derechos humanos personales y colectivos, la justa distribución de los bienes de la tierra, el res­peto y amor a la vida y a la naturaleza son valores que han de recordar con frecuencia los cristianos en sus celebraciones y han de introducirlos en su diálogo con Dios en forma de oración.

 

 

 

18. Cuento sobre la felicidad.

 

La niña salió a dar un paseo. En su camino halló una mariposa,
prendida entre las zarzas y agitando sus débiles alas.

 

La niña cogió con todo cuidado a la mariposa y la echó a volar.

 

Ya libre, la mariposa se convirtió en un hada que, agradecida, dijo a la niña:

 

– Quiero agradecerte tu favor. Pídeme el deseo que más quieras, que te lo concederé. Dime cuál es tu mayor deseo.

 

La niña le dijo con sinceridad:

 

– Quiero ser feliz. Indícame cuál es el camino de la felicidad.
La hada se lo susurró al oído, y se fue volando.

 

Desde ese momento la niña empezó a ser otra, feliz. Nadie en el pueblo era tan feliz como aquella niña. La gente empezó a interesarse, y curiosa le preguntaba continuamente por el secreto. Pero la niña evadía siempre la respuesta diciendo que eran un secreto, el secreto del hada. Así llegó a anciana y seguía siendo la mujer más feliz del pueblo, una viejecita realmente feliz, y eso que en su vida, como en la de las demás gentes, no faltaron dificultades.

 

Temerosos de que muriera y se llevara el secreto a la tumba, las gentes del pueblo le insistían más que nunca que les dijese el secreto. Al fin, un día, la viejecita, sonriendo, accedió a descubrírselo. Y les dijo:

 

– Lo que la hada me susurró es muy sencillo; pero para mí ha sido, a lo largo de toda mi vida, el secreto de mi felicidad. Y les dijo:

 

Aunque las personas parezcan que no necesitan de nadie, no lo creas. Todos te necesitan… Yo he vivido siempre con la seguridad de que todos necesitaban de mí; me he dado a ellos, y eso me ha hecho feliz.

 

 

Decimonono

 

19.  La vida eterna ¿Dónde está? ¿Cuándo llega? Durante mucho tiempo he pensado en la vida eterna como en una vida que habría de venir después del último de mis cumpleaños. La mayor parte de mis años he estado hablando de la vida eterna como “la vida venidera”, “la vida después de la muerte”. Pero cuanto mayor me hago menos interés tiene para mí la vida venderá. Preocuparse no sólo por el día de mañana, por el año que viene y la próxima década, sino además por la “vida venidera” me parece una falsa preocupación. Preocuparse por cómo nos irán las cosas después de muerto parece, más que otra cosa, una distracción. Si mi meta clara es la vida eterna, esa vida debe ser alcanzable ya ahora, en el sitio donde me encuentro, porque la vida eterna es la vida en Dios y con él, y Dios está donde yo estoy, aquí y ahora.

 

            El gran misterio de la vida espiritual -la vida en Dios- es que no tenemos que esperarla como algo que ha de venir más tarde. Jesús dice: “Permaneced en mí como yo permanezco en vosotros”. Esta inhabitación divina es la vida eterna. Lo que nos da la vida eterna es la presencia activa de Dios en el centro de nuestras vidas, el movimiento del Espíritu de Dios en nuestro interior.

 

            Pero, ¿y después de la muerte? Cuando vivimos en comunión con Dios, cuando pertenecemos a la casa de Dios ya no hay “antes” y “después”. La muerte deja de ser la línea divisoria. La muerte ha perdido su poder para los que pertenecen a Dios, porque Dios es el Dios de la vida, no de la muerte. Una vez que hemos saboreado la alegría y la paz que proceden del abrazo del amor de Dios, sabemos que todo está bien y seguirá estando. “No tengáis miedo” repite Jesús, yo he vencido el poder de la muerte. Ven a vivir conmigo y sabe que donde yo estoy está tu Dios”.

 

Henry M.J. Nouwen. Aquí y ahora. Viviendo en el Espíritu.

 

Madrid 1995. Ed. San Pablo pag 65-66

 

 

Vigésimo

 

20. Resurrección es la raíz de mi alegría

 

Hoy día, la sociedad nos invita a “disfrutar de la vida”, y nos hace creernos vivos por ello. Sin embargo la raíz de esta invitación está en la idea de que la vida se acaba, que dura poco, es decir, viene motivado por una muerte que nos mantiene encadenados en el miedo. Sin embargo los cristianos creemos que “Cristo venció a la muerte de una vez por todas”. Bonita frase, pero ¿a mí qué?

 

Los libros gordos de teología hablan mucho sobre la resurrección, vienen a decir que es la confirmación del proyecto y el estilo de vida de Jesús por parte de Dios, y muestra que Dios estuvo acompañando a Jesús en toda su pasión. El que parecía ausente muestra su presencia. 

 

Creo que todos podemos tener experiencia de esa confirmación de Dios en medio de nuestras dificultades y problemas de cada día. Creo que podemos asomarnos a esa resurrección cada vez que nos sentimos acompañados y sostenidos por una mano que no vemos. Creo que podemos encontrar la raíz de una alegría profunda, de todas nuestras alegrías al fin y al cabo, en la resurrección de Jesús. Podemos ver como no hay esperanza que no venga, de una manera o de otra, de este gozo que nos ayuda a no temer a la muerte. 

 

El problema, puede ser, que ni los cristianos nos terminamos de tomar esto de la resurrección suficientemente en serio, y a veces lo entendemos como un simple milagro o algo que ocurrió una vez y se acabó. Entonces nunca podremos ver a Cristo como empezando algo nuevo, con una vida distinta que nos abre a una nueva humanidad. 

 

Lo cierto es que conozco gente que vive resucitada, sin esperar a la muerte ni haber vivido ningún milagro. Gente que entrega su vida cada día a los demás de muy diferentes maneras, sin enfadarse porque no les consideran héroes, y con la alegría profunda de no temer gastar la vida, porque saben que no hay que morir para resucitar, sino que basta con entrar en esa “nueva vida”, en esa “más vida”, que nos trajo Cristo. Es gente que sigue luchando por resucitar cada día, y que tienen un “extra” de vida que se les escapa por los ojos, por la sonrisa, y puede convertirse en algo contagioso.

 

Ojalá formásemos parte de esta gente resucitada, y que nos mirase a la cara por la calle diciendo: “este tipo cree en la resurrección”; y que podamos vivir repartiendo eso que creemos.  Alonso-Lasheras, sj

 

 

 

21. En comunidad

 

            Dicen que un hombre anciano había perdido el entusiasmo por la fe en Cristo por empeñarse en vivirla a solas separado de otros cristianos.

 

            Un día recibió la visita de aun amigo, anciano prudente y sabio, conocedor de su situación

 

            Se sentaron los frente a la chimenea. El anciano no habló pero sacó del fuego un carbón encendido y lo puso en el suelo alejado de la chimenea. Permaneció un tiempo en silencio. En pocos minutos el carbón perdió el brillo, se apagó.

 

            Entonces lo levantó y lo puso de nuevo en el fuego. Al poco tiempo empezó a arder de nuevo, el carbón enrojeció como antes.

 

            El anciano no había dicho nada.

 

Pero mientras se levantaba para irse el otro supo exactamente por qué había perdido su fe en Cristo.

 

Tomás, al no estar en la comunidad no hace experiencia de la resurrección. Y será más tarde, el domingo siguiente, cuando reunido con la comunidad exclamará aquel “Señor mío y Dios mío”!

 

 

22. Desprecia las ganancias y las posesiones, sé el amo de tu alma.

 

Solamente la acción en tu obligación, jamás los frutos de ella; que el fruto de la acción no sea tu objetivo, pues no debes olvidar la acción en sí misma.

 

Busca refugio en la actitud de desapego: desgraciados los que buscan el fruto de sus acciones.

 

Los sabios dotados de la actitud de desapego, que renuncian al fruto de sus acciones son liberados de la esclavitud de sus propios límites naturales y alcanzan el estado libre de todo mal (Bagavag gita II,45-51)

Lucas 10:20. “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”.

 

Habacuc 3

 

17-18 Entonces me llenaré de alegría  a causa del Señor mi salvador.

 

Le alabaré, aunque no florezcan las higueras ni den fruto las viñas y los olivares;

 

aunque los campos no den su cosecha,  aunque se acaben los rebaños de ovejas  y no haya reses en los establos.

 

19 Porque el Señor me da fuerzas;  da a mis piernas la ligereza del ciervo  y me lleva a alturas donde estaré a salvo.

 

 

 

 Vigésimo tercero

 

23.  Veo tan unidas ambas dimensiones de la globalización (buscar el bien mundial a partir de los más desfavorecidos, por un lado, y por otro, promover la vivencia de los valores espirituales que hacen al hombre más humano) que la vía contemplativa se manifiesta argamasa fortalecedora de ambos contenidos. Desde la contemplación sale fortalecida la inserción en el mundo de los pobres, al hacerse más sensible a la dignidad y valores humanos; al par que las luchas de liberación de los pobres se enriquecen con todas las energías que la vía contemplativa aporta de amor gratuito y de esperanza incombustible. Creo que de esta alianza puede salir la crítica más aguda y eficaz a la globalización de los poderosos, mediante la acción solidaria y fraterna a favor de quienes más sufren las consecuencias de una globalización sin alma.

 

            El camino del seguimiento a Jesús ha sido, y lo será siempre, camino de búsqueda y de riesgo, de audacia y de inconformismo ante lo convencional y lo rutinario (lo que siempre ha sido así), hasta abrir brechas inéditas al gozo de un Dios cercano, identificado y comprometido con todos los que han quedado (forzosa o voluntariamente) en los márgenes de los camino de la abundancia y el despilfarro trazados por una mal entendida sociedad del bienestar.

 

            Los profetas del reino, hoy como ayer, son aquellos hombres y mujeres que ante las dificultades oponentes a la realización de su mensaje no desisten, porque la palabra de su boca no procede de ellos mismos sino que brota del horno de su corazón, alimentado con el fuego puro del Amor Eterno. Mística y profetismo aparecen tan unidos que no puede ser verdadero el uno sin el otro.

 

            (Antonio López Baeza. “Ojos nuevos para un mundo nuevo”. Desclée de Brouwer. Bilbao 2014. Pag129-130).

 

 

Vigésimo cuarto

 

 

24.  “Amaréis al emigrantes porque emigrantes fuisteis en Egipto” (Dt 19,19). En el libro del Levítico (19-33-34)dice Dios: “Cuando un emigrante se establezca con vosotros, en vuestro país, no lo oprimiréis. Será para vosotros como el nativo, lo amarás como a ti mismo, porque emigrante fuisteis en Egipto”. Esta última frase también aparece en el libro del Exodo (22,20). En el libro del Deuteronomio (10,18; 27,19) se dice: “Vuestro Dios ama al forastero, a quien da pan y cobijo…. Maldito quien tuerza el derecho del forastero”. Así podríamos continuar con más textos del AT.

 

            He querido comenzar con estos versículos para dar fuerza a mi argumento. Los cristianos creemos que en el espíritu, y muchas veces en la letra de los libros de la Biblia está presente una ética que proviene de la misma voluntad de Dios. Y el deseo de Dios es que, como acabamos de leer, hagamos justicia, alimentemos y vistamos…. al emigrante. Si prescindimos de Dios, la misma ética y práctica fraternal puede servir para cualquier otro creyente o no creyente…….

 

            No está bien visto en nuestra sociedad defender a los emigrantes pues los discursos, las leyes de inmigración y las actitudes contra ellos por parte del gobierno y otros invita a pensar a la población que vienen solo a quitar trabajo a los nacionales, a delinquir, a disfrutar de nuestras conquistas sociales sin ofrecer nada a cambio. Mentiras, manipulación, bajeza humana.

 

            Una de las cosas más enriquecedoras humanamente es el contacto de unas personas con otras. Cuando nos relacionamos, dialogamos, conocemos sus costumbres, su religión, su forma de vida, su pensamiento…. Crecemos en inteligencia, tolerancia, respecto, aceptación, humanidad.

 

“Felices quienes han comprendido que la pluralidad, las culturas, la diversidad les enriquece, les hace crecer como personas, como hermanos de una sola familia humana”.

 

Miguel Angel Mesa. Espiritualidad para tiempos de crisis. Desclée de Bouwer. Bilbao 2014.pag 99-101.

 

 

 

 Vigésimo quinto

 

 

25. Parece como si en las sociedades modernas estuviera vigente un código de conducta implícito según el cual cada institución tiene asignado un espacio preciso y debe evitar inmiscuirse en el espacio de otras instituciones: los partidos políticos deben ser aconfesionales y preocuparse exclusivamente de hacer política; los clubs deportivos deben ser apolíticos y aconfesionales dedicándose sólo al deporte y así sucesivamente. Y el espacio que esta compartimentalización de la existencia se ha asignado a las religiones –del cual no debe salir nunca- es el de la vida íntima de los individuos.

 

            Lo único que hoy se espera de la religión es que aporte a los individuos bienes de carácter espiritual (consuelo, paz interior, serenidad frente al más allá…). De hecho a pesar de la secularización gran parte de la gente ha seguido utilizando los rituales religiosos con ocasión de los acontecimientos personales importantes tales como el nacimiento, el matrimonio o la muerte –aunque cada vez menos-, pero se considera “improcedente” que la Iglesia se proclame sobre cuestiones sociales, bien sean políticas o económicas.

 

            La privatización de la religión ha sido tan profunda que ha llegado a hablarse de “la religión invisible” (Luckman) debido a que “la pasión religiosa se practica los mismo que los vicios íntimos: en solitario) (Patapievici). …. Pero en la década de 1980 los sociólogos tuvieron que revisar sus teorías  porque en varios lugares del mundo las religiones, lejos de quedar recluidas en el ámbito privado,, no solo se hicieron presentes en la sociedad civil, sino que saltaron con fuerza a la arena pública de la contestación moral y política….

 

            …..Desde el punto de vista sociológico parece que la privatización de la religión no es una tendencia estructural de la modernidad. Y, lo que aquí nos interesa más, tampoco es teológicamente aceptable porque el Reinado de Dios no debe limitarse a los espacios “pequeños” (el alma , la familia,…)sino que debe alcanzar también los espacios “grandes” (la sociedad, el mundo…) hasta lograr que en la plenitud de los tiempos todo tenga a Cristo por cabeza (Ef 1,10)

 

            Pero es necesario añadir inmediatamente que esa recuperación de la dimensión pública de la fe que estanos propugnando no debe recaer en modo alguno en las posiciones de la cristiandad…. Podríamos decir que, si en el pasado la presencia pública de la Iglesia se logro al precio de “sacralizar todo”, hoy debe conseguirse aprendiendo a vivir religiosamente lo profano porque –como dijo en Concilio Vaticano II- “el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe considerarse como uno de los más graves errores de nuestra época” (Gaudium et spes nº43)

 

            Luis González-Carvajal. “La secularización un  riesgo y una oportunidad para a fe” Rev Misión joven abril 2017. Nº 483.

 

 

 

 Vigésimo sexto

 

26. Parábola de la cuerda y el río - (¿Un cristianismo de rogativas o de seguimiento?)- del Blogg de Jairo del Río en Religión digital

 

o    

 

A veces se encuentran tesoros en el arcón del tiempo y uno no tiene más remedio que gritar de alegría como "la mujer de la moneda hallada" (Lc 15,8) o enarbolarlos al viento, como "el padre de familia que saca del arca lo nuevo y lo antiguo" (Mt 13,52). Por eso te ofrezco hoy esta parábola cuya meditación podrá serte muy provechosa.

 

Un cuestionamiento síntesis: ¿Tu cristianismo es PASIVO, tu divinidad es el "dios perchero" al que le cuelgas todas las "necesidades"? ¿Tu religión está anclada en los ritos y ceremonias? ¿O tu cristianismo es ACTIVO, buscador apasionado del Dios Amor, con oración enraizada en tus "aspiraciones profundas", esas que te impulsan al seguimiento y la imitación?

 


____________________

 

            Había una vez dos países. En uno corría la leche y la miel, el otro era árido, desgarrado por luchas y entristecido por inquietudes. Así pues, al primero le llamaban el "país de la felicidad" y al segundo el "país de la desgracia". Estaban separados por un caudaloso río, ancho y peligroso. Muchos se ahogaron tratando de cruzarlo.
            Un día vino un hombre que, por amor a la humanidad, dijo: "En verdad, voy a tratar de echar una cuerda que una las dos orillas del río y, si perezco en el intento, poco importa, ya que otros podrán agarrarse a la cuerda y atravesar el río con toda seguridad".

 

            Este hombre ejecutó su proyecto. Se preparó una cuerda, fijó un extremo a un árbol e hizo un nudo corredizo al otro extremo. Y así entró en el río en medio de la corriente, luchando contra los remolinos. En medio de los remolinos y de la espuma, unos cazadores le lanzaron unas flechas y lo hirieron de muerte, tomándolo por un animal. En un último esfuerzo, antes de hundirse, logró atar la cuerda alrededor del tronco de un árbol. Perdió la vida, pero realizó su proyecto a pesar de la insensatez de los cazadores.

 


            A partir de ese instante, los que fueron testigos del hecho consideraron que este hombre había sido un héroe y lo adoraron diciendo: "Murió por salvarnos, es digno de nuestro amor". Todos le rindieron culto, pero muy pocos siguieron su ejemplo tratando de cruzar el río. Ellos pensaban: no nos ahogaremos si nos agarramos a la cuerda, pero el agua está tan fría y el río es tan caudaloso que el peligro de atravesarlo siempre es grande.

 

            Y así, al cabo del tiempo, se olvidaron de la cuerda casi por completo. Como no se utilizaba, se fue cubriendo de algas y se le enredaron las ramas, hasta tal punto que no había ya forma de encontrarla.

 

            Pero el culto al héroe perduró. El pueblo levantó monumentos en su memoria, cantó himnos en su honor y continuó dedicándole oraciones en recuerdo del gran amor que les había demostrado.

 

Después vino una segunda, una tercera y una cuarta generación. Doctores, oradores y sabios predicaron las virtudes del héroe y dijeron cómo con su muerte había salvado a los hombres; pero nunca más se volvió a hablar de la cuerda que se tendió por encima del río. Se habían olvidado de ella totalmente. Los argumentos, los discursos y las enseñanzas de los letrados acabaron por crear una enorme confusión. Cundieron las supersticiones y fueron muy pocos los que pudieron distinguir el error de la verdad.

 

Surgieron discusiones y pleitos. Se organizaron persecuciones contra los que conservaban aún vestigios de la verdad. La pena y la inquietud aumentaron en el "país de la desgracia".

 


            Por fin, un grupo de oradores declaró: "¿Por qué tanta disputa? Lo único que hay que hacer es adorar a nuestro héroe y creer que murió para salvarnos a todos. Y así, cuando muramos, entraremos sin ninguna dificultad en el "país de la felicidad". Si nuestro cuerpo nos impide ahora atravesar el río, después de la muerte nuestra alma volará hacia la otra orilla. El amor, el poder, la valentía del héroe eran tan grandes que todo lo que pidamos a su espíritu nos será concedido; y, a cambio, nosotros le demostraremos cumplidamente nuestro amor".

 

 

 

            Cuando el pueblo oyó esto, sintió una inmensa alegría y cubrió de honores a los oradores diciendo: "Grande es su sabiduría, porque nos han mostrado un camino fácil. Es muy sencillo adorar, rezar y recurrir a nuestro héroe para obtener nuestra salvación en el momento de nuestra muerte. Así pues, ahora comamos, bebamos, divirtámonos y saquemos el mejor partido de nuestra estancia en este "país de la desgracia".

 

 

 

            Mientras tanto, el espíritu de este héroe contemplaba con tristeza a sus hermanos, escuchando sus oraciones y sus súplicas. Él trataba de ayudarles diciendo: "Hijos míos, en verdad estáis equivocados. He vivido para salvaros. Mi muerte no es más que un episodio del esfuerzo que he realizado. No puedo en ningún caso ser la causa de vuestra salvación.

 

 

 

Desgraciadamente, habéis olvidado la cuerda que lancé por encima del río entre el "país de la desgracia" y "el de la felicidad", vine únicamente para eso.

 

Por amor hacia vosotros, mi espíritu se encuentra presente para reconfortaros y animaros en la adversidad. Pero me es totalmente imposible transportaros al otro lado del río cualesquiera que sean vuestras oraciones y súplicas".

 

 

 

Pero el rumor de esas oraciones y súplicas eran tan grandes que no dejaban oír la voz de su espíritu. Así pues, se quedaron para siempre en el "país de la desgracia". (Cyril SCOTT "Una visión del Nazareno" Ed. Sirio, Málaga 2000)

 

 

 

27. De Marcela Gándara. Tu palabra.

 

 

Tu palabra, es como aceite sobre mis heridas
es el agua en el desierto
y el calor en el invierno.
Tu palabra, es la voz que me habla en la mañana
es mi consejo cada dia
y en las pruebas quien me guía.
Podría estar perdido como náufrago en el mar
y aún perderlo todo hasta el aliento
Podría estar hambriento como un niño sin hogar
pero yo sé que tu palabra siempre a mi
Me sostendrá.
Tu palabra, es como dulce miel para mis labios
es la perfecta melodía que me deleita cada día.
Tu palabra, es mi refugio en medio de las pruebas
en la tristeza es mi alegría
y en soledad mí compañía.

 

 

Vigésimo octavo

 

28.    ¿Colectividad o comunidad?  Pastoral “Renovar nuestras comunidades” , de los Obispos del país vasco. Año 2005

 

 

 

         Nº57.    «Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión» es un hermoso desafío lanzado por el Papa en el inicio del nuevo milenio. El desafío es pertinente. No partimos de cero, pero nos queda una larga travesía.

 

         Para una mirada sociológica, no es lo mismo colectividad que comunidad. En la colectividad (pensemos p.e., en una asociación de comerciantes o profesionales) los lazos entre los miembros provienen de la convergencia de intereses de los asociados. Los vínculos personales entre ellos son, en consecuencia, tenues y efímeros. Las relaciones internas, por lo general, no son cálidas ni gratuitas. Las exteriores son corporativas (defienden los intereses del grupo) no solidarias (abiertas al bien común). En cambio los miembros de una comunidad (imaginemos, p.e. una familia) tienen mucho en común: lazos de sangre, idéntico origen, historia, valores compartidos. Por eso los lazos de una comunidad sana son fuertes y sólidos y en su seno están vivas la comunicación y la solidaridad.

 

 

         Nº58.    Nuestras parroquias y otras agrupaciones análogas suelen situarse con frecuencia en el espacio que va de la colectividad a la comunidad. Tienen en grados muy diferentes según los casos, caracteres que les acercan a los dos polos descritos. Puesto que nuestra vocación es formar comunidad, todo empeño por cultivar los caracteres comunitarios va bien encaminado. Nuestras agrupaciones eclesiales están llamadas a ser en la realidad lo que son en el proyecto salvador del Señor. Es pues necesario mantener decididamente este empeño.

 

         No se trata, sin embargo simplemente de una necesidad teológica, sino también sociológica: para vivir con integridad la vida cristiana y mantener incluso la fe católica hoy, en tiempos de intemperie, es cada vez más necesario pertenecer efectivamente a la comunidad. Hablando de la parroquia la Conferencia Episcopal Italiana decía recientemente que en un contexto social que favorece la dispersión y la sequedad de las relaciones, es vocación de las parroquias «practicar la acogida sin exclusiones, vivir relaciones de proximidad, cultivar vínculos concretos de conocimiento y amor, celebrar la Eucaristía y hacerse cargo de los habitantes del lugar, sintiéndose enviados a ellos».

 

         Un creyente con escaso o nulo apoyo de la comunidad eclesial vivirá a lo sumo, una vida eclesial lánguida, si es que no tiene contados los días de su fe. Necesita un clima familiar y cálido que le resulte alternativo con respecto a muchos ambientes fríos, duros y competitivos de la sociedad. Necesita alimentar su sentido de pertenencia a la comunidad, cuando tantos factores le inducen a la desafección y a la distancia. Tal vez una de las causas que más influyen en el enfriamiento religioso de muchos sea la carencia de lazos estrechos y ricos con su comunidad. Ser acogidos correcta y educadamente no les es suficiente. Quienes nos reunimos en la Eucaristía no estamos allí por ser simplemente conciudadanos, sino por y para ser hermanos.

 

 

         Nº59.    Toda comunidad cristiana tiene bien reflejado su «código genético» en el NT, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

 

 

 

29. De la Carta “La Iglesia y los pobres” de la Comisión Episcopal de Pastoral social

 

Nº 43. Tampoco podemos engañarnos culpabilizando solamente a las

estructuras económicas y políticas de todos los males de la sociedad,

tranquilizando así nuestras conciencias, y esperando exclusivamente

del cambio de la economía, de las finanzas o de la administración

pública la solución de todos los problemas.

 

En primer lugar, porque en esas estructuras operan e influyen personas individuales, con su propia responsabilidad, intransferible e insoslayable. Además, porque siempre habrá situaciones de desvalimiento, de soledad y desarraigo, que difícilmente podrán ser resueltas solamente por la acción protectora de las instituciones sociales. Ninguna reforma estructural ni ninguna reivindicación social podrán ofrecer amistad y compañía al que se siente solo y fracasado.

 

Nº 44. Frente a la amenaza de burocratización de las instituciones de carácter social, la masificación de la sociedad que tiende a despersonalizar al individuo, y la maquinaria del Estado moderno, omnipresente y omnipotente, pero frío e implacable como una inmensa computadora, es preciso dar la voz de alarma y despertar las conciencias en la búsqueda de un nuevo humanismo que humanice nuestro mundo deshumanizado. Porque nosotros mismos, todos y cada uno por nuestra cuenta, precisamos hacer un cambio, volvernos, "con-vertirnos" de nuestras actitudes de egoísmo y de insolidaridad, de las que entresacamos algunas manifestaciones:

 

Primera.- Con frecuencia, las nuevas generaciones estamos negando a los ancianos el afecto y el calor humano, la cercanía y la atención que tanto merecen y necesitan. Y todo ello simplemente porque nos resulta difícil o insoportable tener que estar pendientes de las atenciones que precisan, y que a nosotros nos quitan libertad para nuestros viajes de recreo, fiestas y diversiones.

 

Segunda.- No pocas veces discriminamos en nuestro interior a gentes venidas de fuera, especialmente si son pobres y de países pobres, como los norteafricanos o lo negros. Inclusive, en muchas ocasiones rehuimos su presencia, y hasta les rechazamos de diversas maneras.

 

Tercera.- No es raro entre nosotros encontrar la actitud cómoda de quienes se despreocupan de los problemas de la vida pública, olvidando la propia responsabilidad social, movilizándose y luchando solamente cuando se trata de asuntos que afectan directamente a sus intereses personales, pero permaneciendo indiferentes cuando se trata de las aspiraciones y derechos de otros sectores aún más indefensos, como el colectivo de parados, el de los pobres del mundo rural o el de los marginados.

 

Cuarta.- Constatamos también las actuaciones individualistas de aquellos que todavía no han sufrido apenas las consecuencias de la actual crisis económica, y, sin embargo, buscan superar la situación utilizando toda clase de medios y presiones sociales a su alcance, pensando sólo en su propio beneficio, aunque su actuación pueda traer graves perjuicios a la sociedad y a otros grupos de ciudadanos.

 

Quinta.- Como tampoco faltan quienes, a pesar de la crisis económica y olvidando totalmente a los que carecen hasta de lo más indispensable para llevar una vida humana digna de tal nombre, continúan derrochando sin medida, de manera ostentosa y provocativa, gastando en una noche, en un viaje o en una fiesta verdaderas fortunas, con las que muchas familias tendrían para vivir durante varios meses.

 

Ante estas muestras lamentables de insolidaridad, y otras más que podrían detectarse entre nosotros, creemos que todo ello no son más que los síntomas producidos por la naturaleza insolidaria de nuestra civilización occidental. Por ello, cuando se habla de la salida de la crisis habría que pensar de qué clase de crisis hablamos, y de cuál tendríamos que hablar. ¿No es la mayor crisis de nuestra sociedad este deslizamiento por la pendiente del egoísmo y del hedonísmo, de la injusticia y la insolidaridad?

 

 

 

 

Trigésimo

 

30. El antiguo Testamento –y como más claridad aún el Nuevo- nos ofrece una versión de los vínculos humanos que es la versión de la ALIANZA frente a la del CONTRATO.

 

            Según el relato –en su lenguaje mítico- cuando Yahvé descubre que la soledad del hombre es mala, le da una compañera que él reconoce como parte suya, como carne de su carne y hueso de sus huesos. Este es el relato no del contrato sino del RECONOCIMINTO MUTUO, la narración  no del pacto sino de la alianza entre quienes toman conciencia de su identidad humana…… Reconoce su propia identidad a través de la relación con otro idéntico a él, al menos en parte.

 

            Desde este básico reconocimiento mutuo el motor de la relación social no puede ser el autointerés, sino la compasión. Pero no entendida como condescendencia con el inferior en una relación asimétrica, sino como ese “padecer con otros el sufrimiento y la alegría que nace al saberse parte suya.

 

            De ahí surgen “obligaciones” que no son estipulaciones de un contrato ante notario. Quien firma un contrato se desliga de él en cuento deja de interesarle y es posible hacerlo, cosa que suele ocurrir justamente en los tiempos difíciles; mientras que quien reconoce al otro como parte suya y es consciente de estar unido a él por una alianza, no rompe el vínculo en los tiempos difíciles, sino que es justamente en esos tiempos cuando lo defiende con mayor ímpetu.

 

            Podría decirse, continuando con las diferencias entre estos dos tipos de vínculos, que el contrato, cuando no interesa, se mantiene por la fuerza externa, mientras que la alianza se mantiene por un sentido internalizado, personalmente asumido de identidad, lealtad, obligación, reciprocidad.

 

            El contrato es la base de la sociedad política y da lugar a los instrumentos del Estado, la alianza es la base de la sociedad civil y da lugar a las familias, las asociaciones y las comunidades voluntarias.

 

            ….estas dos historias, (la del Génesis y la del Leviathan) sobre los lazos que unen a los seres humanos y pueden evitar la violencia y la guerra son verdaderas y complementarias… las dos tienen una parte de verdad y por eso las dos tienen que ser contadas….

 

            Y sin embargo, en los dos últimos siglos las dos historias que venimos comentando no han sido contadas por igual. La parábola de la alianza ha sido relegada a un segundo plano, hasta caer prácticamente en el olvido, mientras que la parábola de contrato se ha utilizado no solo para interpretar la afirmación del Estado y el funcionamiento del mercado, sino también para interpretar el conjunto de las instituciones sociales. El discurso del contrato, de los derechos, -no así de los deberes- de los grupos de interés, de las facciones y los partidos, no solo se ha utilizado, y se utiliza en el mundo político, sino que se ha infiltrado también en la vida social y la ha conquistado de forma que las familias y las asociaciones civiles se van entendiendo cada vez más así mismas en términos de pactos, contratos, derecho y deberes.

 

 

 

            … como afirma Sacks …. No es el modo de pensar científico y técnico el que fue arrinconando el relato religioso de la tradición judía y cristiana sino el imperialismo del modo de pensar político y económico. Dice de forma rotunda: “el verdadero drama del siglo pasado no fue el eclipse de la religión por la ciencia, sino el eclipse de los modos religiosos de pensar acerca de las relaciones humanas por los modelos político y económico”.

 

 

 

            Sin embargo en una sociedad civil, sin confianza, fallan incluso las estructuras política y económica, por eso es importante restaurar la gran narrativa que ve nuestra relación social en términos de alianza y reciprocidad. Por eso es importante seguir contando los dos relatos, pero de modo muy especial el de la alianza que es el que se ha ido quedando en silencio desde hace siglos.

 

Adela Cortina. Alianza y contrato. Política, ética y religión.

 

Ed. Trotta Madrid 2001. pag 20-21.