30 TEXTOS para pensar cinco minutos.........cada día

Es bueno no hacer el mal, 

 

pero es malo

 

no hacer el

 

bien

 

 

 

30 Textos cortos para leer

 

 

 

Tomás Moro y el Buen Humor

 

En uno de los libros-entrevista…., el Papa apunta dos de las cualidades que necesariamente tendríamos que pedir a Dios. Estas son el entusiasmo y la alegría.

 

«Para poder respirar –dice el papa Francisco- es fundamental el sentido del humor, que está conectado a la capacidad de disfrutar y entusiasmarse. Tener sentido del humor ayuda también a estar de buen humor y, cuando estamos de buen humor, es más fácil convivir con los otros y con nosotros mismos». Todo un programa de vida que podría transformar nuestra existencia y la de los que nos rodean.

 

El Santo Padre, ayudándose de un pensamiento del escritor inglés G. K. Chesterton, nos recuerda: «La vida es una cosa demasiado seria para tomársela seriamente»… el Papa hace esta confesión: «Cada día, desde hace casi cuarenta años, pido al Señor esta gracia y lo hago con una oración que escribió santo Tomás Moro». Se llama la Oración del buen humor:

 

«Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.

 

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama Yo.

 

Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás. Así sea.»

 

Santo Tomás Moro es el patrón de los políticos. Él, como canciller del rey Enrique VIII, vivió la gloria y también el peso de la responsabilidad de ejercer un alto cargo público. Es un mártir de la fe y un testigo de fidelidad a la propia conciencia…. Este santo, a pesar de las dificultades y presiones que vivió, hizo todo lo posible por no perder nunca el buen humor. Es un testimonio precioso, que nos recuerda cómo el buen humor es un don que tenemos que pedir a Dios, pero que también necesita nuestra colaboración y esfuerzo.

 

Era tal su voluntad de no perder nunca el buen humor que, incluso en el momento dramático de subir al cadalso, pidió que lo ayudaran a subirse y añadió: «Bajarme ya lo haré yo solo». Y no solo eso, sino que ante su verdugo, mientras se retiraba la barba del cuello para que no se la estropearan con la decapitación, dijo: «Mi barba no ha ofendido al rey y, por lo tanto, no se debe cortar».

 

Queridos hermanos y hermanas, ¿por qué no vivir al estilo de santo Tomás Moro? ¿Os animáis a seguir al papa Francisco rezando cada día esta preciosa Oración del buen humor? Feliz domingo y feliz semana a todos.

 

Cardenal Juan José Omella Arzobispo de Barcelona

La Vanguardia 22 de julio de 2018

 

 

Una vez cuatro individuos que se llamaban:

Todo el mundo - Alguien - Cada uno - y Nadie...

El uso del pronombre indefinido...

 

Había una vez cuatro individuos que se llamaban Todo el mundo -Alguien - Cada uno – y Nadie...

 

Había un importante trabajo que hacer y se pidió a Todo el mundo hacerlo.

Todo el mundo estaba seguro que Alguien lo ibahacer. 

 

Cada uno podía haberlo hecho, pero en realidad Nadie lo hizo.  

 

Alguien se enojó porque el trabajo era de Todo el mundo!  

 

Todo el mundo pensó que Cada uno podía hacerlo y Nadie no dudaba que Alguien lo haría  

 

Al fin de cuentas, Todo el mundo hizo reproches a Cada uno  porque Nadie había hecho lo que Alguien podía hacer.

 

MORALEJA 

Si se quiere hacer reproches a "Todo el mundo",

sería muy bueno que "Cada uno"

haga lo que se debe de hacer sin tener la esperanza

"Que Alguien" lo hará en su lugar 

porque la experiencia muestra que

cuando se espera a "Alguien", 
generalmente no se encuentra a "Nadie"! 

 

PAPA FRANCISCO

Oración a María, la mujer de la escucha, de la decisión, de la acción

 

 

María, mujer de la escucha, haz que se abran nuestros oídos; que sepamos escuchar la Palabra de tu Hijo Jesús, entre las miles de palabras de este mundo; haz que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, a cada persona que encontramos, especialmente a quien es pobre, necesitado, tiene dificultades. 

 

María, mujer de la decisión, ilumina nuestra mente y nuestro corazón, para que sepamos obedecer a la Palabra de tu Hijo Jesús sin vacilaciones; danos la valentía de la decisión, de no dejarnos arrastrar para que otros orienten nuestra vida. 

 

María, mujer de la acción, haz que nuestras manos y nuestros pies se muevan «deprisa» hacia los demás, para llevar la caridad y el amor de tu Hijo Jesús, para llevar, como tú, la luz del Evangelio al mundo. Amén. 

Papa Francisco


Plaza San Pedro 31 mayo 2013

 

Una sociedad demuestra qué materias considera indispensables

cuando las incluye en las aulas

 

Los problemas políticos y económicos han venido poniéndole trabas desde el comienzo, pero hoy en día se han sumado las deficiencias éticas: la falta de acuerdo real en los valores de los que queremos vivir, que son los que constituyen nuestras señas éticas de identidad. Como diría José Luis Aranguren, nuestra moral vivida, además de nuestra moral pensada.

 

En la forja de esa moral es una pieza clave la educación, tanto formal como informal, tanto la que se plasma en currículos escolares y universitarios como la que se propaga a través de la vida cotidiana.

 

Porque las personas no nacen ciudadanas, sino que se hacen. La persona —recordaba Kant— lo es por la educación, es lo que la educación le hace ser…., es una buena noticia saber que una asignatura de “valores éticos y cívicos” va a formar parte de los planes de estudios escolares como un capítulo en la formación de todo el alumnado.

 

A fin de cuentas, hace años constaba una asignatura con el título “La vida moral y la reflexión ética”, que se ocupaba del conjunto de valores éticos compartidos en las sociedades pluralistas y democráticas, es decir, de su ética cívica, y de los proyectos que desde ella se han ido incorporando. Una asignatura que contaba con el apoyo de todos los grupos sociales.

 

Cuál sería el hilo conductor de esa materia no es difícil de imaginar: reflexionar sobre la superioridad de la libertad frente a la esclavitud, el adoctrinamiento y la manipulación; degustar el valor de la igualdad entre las personas, que tienen dignidad y no un simple precio, sea cual fuere su raza, religión, edad, género o su orientación sexual; respetar activamente, y no solo tolerar, las ideas de quienes piensan de forma distinta, pero moralmente aceptable; apreciar el diálogo como camino para resolver los conflictos, cuando están puestas las condiciones para que el diálogo sea auténtico, y tomar nota de que la apuesta por la justicia no es un mero consejo, sino la exigencia indeclinable que constituye el quicio de cualquier sociedad pluralista y democrática. Si la justicia falla, como valor y como virtud social, la sociedad está desquiciada. Con claro perjuicio para todos, pero sobre todo para los más vulnerables.

 

Contar con una materia semejante en el currículo escolar es imprescindible, entre otras razones, porque una sociedad demuestra qué materias considera indispensables para la formación cuando las incluye en un plan de estudios; en este caso, para ayudar a formar una buena ciudadanía, conocedora de sus derechos y de sus responsabilidades y capaz de vivirlos en la práctica.

…...

Es verdad que educamos en tiempos de incertidumbre, ignoramos qué habilidades y competencias científicas y técnicas serán las más adecuadas para encontrar un lugar en el mundo laboral, pero sí que sabemos que es desde los valores éticos mencionados desde los que debería orientarse el quehacer de las ciencias y las técnicas. 

Adela Cortina

El País 26-VII-2018

 

                                                         

El sencillo secreto de la felicidad

 

Estos días de verano he recuperado un cuento precioso sobre la felicidad que quisiera compartir con vosotros. 

 

Es la historia de una niña que salió a dar un paseo. En su camino se encontró con una mariposa, prendida entre las zarzas y agitando sus delicadas alas sin conseguir liberarse.

 

La niña cogió con todo cuidado a la mariposa y la soltó. Ya libre, la mariposa se convirtió en un hada que, agradecida, le dijo a la niña: «Quiero agradecerte tu buena acción. Pídeme el deseo que más quieras; te lo concederé. Dime, ¿qué es lo que más ansías?».

 

Abriendo los ojos, sorprendida, la niña dijo: «Quiero ser feliz. Dime cuál es el camino de la felicidad». El hada le susurró al oído el secreto de la felicidad, y salió volando.

 

Desde ese momento la niña empezó a ser otra; siempre estaba alegre. Nadie en el pueblo era tan feliz como aquella niña. La gente empezó a interesarse, y curiosa le preguntaba continuamente por qué era tan feliz. Pero la niña evadía siempre la respuesta, diciendo que era un secreto, el secreto del hada.

 

Así llegó a anciana y seguía siendo la persona más feliz del pueblo; una viejecita realmente feliz; y eso que en su vida, no faltaron las dificultades y contratiempos.

 

Temerosos de que muriera y se llevara el secreto a la tumba, la gente del pueblo le insistía, más que nunca, en que revelara la fórmula de la felicidad. Al fin, un día, la viejecita, sonriendo, accedió a descubrirla. Y dijo que lo que contó el hada era muy sencillo; pero que para ella había sido, a lo largo de toda su vida, el secreto de su felicidad.

 

El hada le había susurrado al oído: «Aunque las personas parezcan autosuficientes… ¡No lo creas! Todos te necesitan». La viejecita añadió que siempre había vivido con la seguridad de que todos necesitaban de ella: «me he dado a ellos, y eso me ha hecho feliz».

 

Este cuento nos enseña que para ser feliz no necesitamos grandes logros ni costosas adquisiciones. Este relato nos recuerda cómo nos necesitamos los unos a los otros. ¡Qué importante es hacer el bien y ayudarnos mutuamente! Es bueno y necesario que reconozcamos el don que Dios nos ha dado para compartirlo con los demás. El tiempo de vacaciones puede ser el momento oportuno para pedir a Dios que nos ayude a descubrir los dones que hemos recibido. El papa Francisco nos dice: «Solamente a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar más y más» (Gaudete et Exsultate, 56).

 

Queridos hermanos, el amor entre nosotros, la fraternidad entre los miembros de un mismo pueblo, es signo y fuerza de la comunidad cristiana. El amor de Dios nos supera infinitamente, no puede ser comprado por nosotros con nuestras obras y solo puede ser acogido como un regalo iniciativa de su amor.

Cardenal Juan José Omella 

Arzobispo de Barcelona

Aleteia (15 de julio de 2018)

 

Leonardo Boff

 

 

El eclipse de la ética en la actualidad

 

Entre el 10 y el 13 de julio de 2018 se ha celebrado en Belo Horizonte, Brasil, un congreso internacional organizado por la Sociedad de Teología y Ciencias de la Religión (SOTER) en torno al tema  Religión, Ética y Política. Las exposiciones fueron de gran actualidad y de nivel superior. Voy referirme solamente a la discusión sobre el Eclipse de la Ética que me tocó introducir.

 

A mi modo de ver dos factores han alcanzado el corazón de la ética: el proceso de globalización y la mercantilización de la sociedad. 

 

La globalización ha mostrado los diferentes tipos de ética, según las diferencias culturales. Se ha relativizado la ética occidental, una entre tantas. Las grandes culturas de Oriente y las de los pueblos originarios han revelado que podemos ser éticos de forma muy diferente. 

 

Por ejemplo, la cultura maya centra todo en el corazón, ya que todas las cosas nacieron del amor de los dos grandes corazones del Cielo y de la Tierra. El ideal ético es crear en todas las personas corazones sensibles, justos, transparentes y verdaderos. O la ética del «buen vivir, buen convivir», de los andinos, asentada en el equilibrio de todas las cosas, entre los humanos, con la naturaleza y con el universo. 

 

Tal pluralidad de caminos éticos ha tenido como consecuencia una relativización generalizada. Sabemos que la ley y el orden, valores de la práctica ética fundamental, son los prerrequisitos para cualquier civilización en cualquier parte del mundo. Lo que observamos es que la humanidad está cediendo ante la barbarie rumbo a una verdadera era mundial de las tinieblas, tal es el descalabro ético que estamos viendo. 

 

Poco antes de morir en 2017 advertía el pensador Sigmund Bauman: «O la humanidad se da las manos para salvarnos juntos, o engrosaremos el cortejo de los que caminan rumbo al abismo». ¿Cuál es la ética que nos podrá orientar como humanidad viviendo en la misma y única Casa Común? 

 

El segundo gran impedimento a la ética es la mercantilización de la sociedad, lo que Karl Polanyi llamaba ya en 1944 «La Gran Transformación». Es el fenómeno del paso de una economía de mercado a una sociedad puramente de mercado. Todo se transforma en mercancía, cosa ya prevista por Karl Marx en su texto La miseria de la Filosofía, de 1848, cuando se refería al tiempo en el que las cosas más sagradas como la verdad y la conciencia serían llevadas al mercado; sería el «tiempo de la gran corrupción y de la venalidad universal». Pues estamos viviendo ese tiempo. La economía, especialmente la especulativa, dicta los rumbos de la política y de la sociedad como un todo. La competición es su marca registrada y la solidaridad prácticamente ha desaparecido. 

 

¿Cuál es el ideal ético de este tipo de sociedad? La capacidad de acumulación ilimitada y de consumo sin límites, que genera una gran división entre un pequeñísimo grupo que controla gran parte de la economía mundial y las mayorías excluidas y hundidas en el hambre y la miseria. Aquí se revelan rasgos de barbarie y de crueldad como pocas veces en la historia. 

 

Tenemos que volver a fundar una ética que se enraíce en aquello que es específico nuestro como humanos, y que, por eso, sea universal y pueda ser asumida por todos. 

 

Estimo que en primerísimo lugar está la ética del cuidado, que según la fábula 220 del esclavo Higinio, bien interpretada por Martin Heidegger en Ser y Tiempo, constituye el sustrato ontológico del ser humano, aquel conjunto de factores sin los cuales jamás surgirían el ser humano y otros seres vivos. Por pertenecer el cuidado a la esencia de lo humano, todos pueden vivirlo y darle formas concretas, conforme a sus culturas. El cuidado presupone una relación amigable y amorosa con la realidad, de mano extendida para la solidaridad y no de puño cerrado para la dominación. En el centro del cuidado está la vida. La civilización deberá ser biocentrada. 

 

Otro dato de nuestra esencia humana es la solidaridad y la ética que de ella se deriva. Sabemos hoy, por la bioantropología, que fue la solidaridad de nuestros ancestros antropoides la que permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad. Buscaban los alimentos y los consumían solidariamente. Todos vivimos porque existió y existe un mínimo de solidaridad, comenzando por la familia. Lo que fue fundacional ayer, lo sigue siendo todavía hoy. 

 

Otro camino ético ligado a nuestra estricta humanidad es la ética de la responsabilidad universal, O asumimos juntos responsablemente el destino de nuestra Casa Común o vamos a recorrer un camino sin retorno. Somos responsables de la sostenibilidad de Gaia y de sus ecosistemas, para que podamos seguir viviendo junto con toda la comunidad de la vida. 

 

El filósofo Hans Jonas, que fue el primero en elaborar «El Principio de Responsabilidad», le agregó la importancia del miedo colectivo. Cuando éste surge y los humanos empiezan a darse cuenta de que pueden conocer un fin trágico o incluso llegar a desaparecer como especie, irrumpe un miedo ancestral que los lleva a una ética de supervivencia. El presupuesto inconsciente es que el valor de la vida está por encima de cualquier otro valor cultural, religioso o económico. 

 

Por último, es importante rescatar la ética de la justicia para todos. La justicia es el derecho mínimo que tributamos al otro de que pueda continuar existiendo y recibiendo lo que le toca como persona. Las instituciones especialmente deben ser justas y equitativas para evitar los privilegios y las exclusiones sociales que tantas víctimas producen, particularmente en nuestro Brasil, uno de los más desiguales, es decir, de los más injustos del mundo. De ahí se explica el odio y las discriminaciones que desgarran a la sociedad, venidos no del pueblo sino de las élites adineradas, que siempre viven del privilegio y no aceptan que los pobres puedan subir un peldaño en la escala social. Actualmente vivimos bajo un régimen de excepción en el que tanto la Constitución como las leyes son pisoteadas mediante el Lawfare (la interpretación distorsionada de la ley que el juez practica para perjudicar al acusado). 

 

La justicia no vale sólo entre los humanos, sino también con la naturaleza y con la Tierra, que son portadoras de derechos y por eso deben ser incluidas en nuestro concepto de democracia socio-ecológica. 

 

Éstos son algunos parámetros mínimos para una ética válida para cada pueblo y para la humanidad, reunida en la Casa Común. Debemos incorporar una ética de la sobriedad compartida, para lograr lo que Xi Jinping, jefe supremo de China, llamaba «una sociedad moderadamente abastecida»: un ideal mínimo y alcanzable. En caso contrario podremos conocer un armagedón (es el término bíblico que aparece en el libro del Apocalipsis, capítulo 16, versículo 16. Aunque el término es de origen cristiano, varias religiones y culturas lo emplean para referirse generalmente al fin del mundo o al fin del tiempo mediante catástrofes)social y ecológico. 

 

Leonardo Boff
16 de julio de 2018

 

De la mesa a la misa

 

"Misa viene de missio, de misión, de misionero, de enviado"

 

Los primeros cristianos celebraban la Eucaristía en el curso de una cena, alrededor de una mesa. Al hacerlo así manifestaban que el contexto adecuado de la celebración es el amor fraterno y el compartir los bienes, que es lo propio de los hermanos.

En esta cena se consagraba el pan y el vino, y los hermanos se ofrecían unos a otros la comida que llevaban, como gesto de fraternidad. Cuando estos "ágapes" degeneraron y, en vez de compartir, cada cual comía de lo suyo, unos buenos manjares y otros una pobre comida, san Pablo se enfada, porque han olvidado lo que en realidad significa la mesa(ver 1 Cor 11,20-22). Estos abusos, la evolución histórica y el crecimiento de la Iglesia hicieron que, en el transcurso del tiempo, la celebración de la eucaristía, prescindiera del contexto de la cena.

 

Así la mesa se convirtió en misa. Ahora bien, esta evolución de la mesa a la misa pudiera tener su interés. La palabra "misa" tiene dos significados. Por una parte, el término misa era una palabra usada, a partir del siglo IV, para despedir a los fieles al final de la ceremonia. En Roma se decía "ite, missa est" para despedir a las asambleas. Pero el término misa significa también "enviado". Misa viene de missio, de misión, de misionero, de enviado. Al final de la celebración los fieles son "enviados". ¿Enviados a qué? A dar testimonio de lo que acaban de vivir.

La palabra misa nos orienta hacia un aspecto importante de la mesa, a saber: que la mesa no es para quedarse en ella, sino para dejarla, para salir afueray pregonar lo que significa y ocurre alrededor de la mesa. Los cristianos vivimos dentro lo que queremos extender fuera. El amor entre los hermanos es un signo para que el mundo crea. No es un signo que nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre a los demás, sin excepciones. De ahí que el amor cristiano comienza por ser fraterno y se convierte en universal, llegando al extremo del amor al enemigo. La comunión con Jesús resucitado, la eucaristía, nos impulsa a un amor universal. Entre otras cosas porque la eucaristía remite a una vida que se entregó por todos los hombres, buscando la misericordia y el perdón para todos.

 

Martin Gelabert, o

 

Los 7 criterios del obispo Dominique Rey

para saber si una parroquia o comunidad «funciona bien»


1) El pastor tiene capacidad de delegar: cuenta con colaboradores formados y recurre a ellos... No intenta ser un hombre-orquesta que lo realiza todo en persona. Eso significa que dedica esfuerzo y recursos a formar a sus colaboradores.


2) El pastor discierne los dones de los demás y les hace dar fruto. En vez de buscar cómo rellenar tal o cual puesto, se pregunta "¿qué dones y carismas tiene mi gente?" y reorganiza la comunidad (grupo, parroquia, diócesis) de acuerdo a esos dones, es decir, de acuerdo a la gente y sus capacidades.


3) La comunidad es gozosa y se nota. El grupo mantiene el entusiasmo. Tiene capacidad de expresión alegre y huye de una estética moralizante. El gozo y la celebración van primero.

4) La comunidad cambia sus estructuras para adaptarlas al régimen de "Nueva Evangelización". El régimen de "Cristiandad" ya pasó y no tiene sentido mantener estructuras organizativas de esa época que no funcionan en la actual. 


5) La comunidad cuida la belleza y dignidad de las celebraciones, sobre todo de la eucarística. La Iglesia no puede ganar al mundo en el terreno del mero espectáculo o la diversión, pero puede ofrecer sacralidad, y mucha gente está buscando sacralidad, reverencia y misterio


6) La comunidad se organiza en grupos pequeños, células y grupos de "iglesia en casas". "Son la clave del crecimiento", dijo. A un recién convertido no le puedes invitar directamente a la Misa del domingo, donde será un número anónimo, no entenderá aún la liturgia y le aburrirá. Le has de invitar al grupo pequeño que se reúne en tu casa para rezar, empezar a recibir enseñanzas, charlar, y escuchar sus inquietudes. 


7) La comunidad irradia caridad hacia fuera y entre sus miembros. No basta con el servicio de Cáritas, anónimo. Debe ser una relación entre los miembros de la comunidad que se conocen y ayudan mutuamente, y eso se ve desde fuera. Los feligreses no van a la iglesia (o a su ropero, Cáritas o comedor social) como consumidores de servicios, sino como un miembro con lazos afectivos. 

Dominique Rey

Obispo de Toulon

 

 

¿No hay flotadores para todos?

 

 No recuerdo un tiempo tan plagado de noticias en invierno y en verano como este. No hay descanso en nuestros días. Ni siquiera agosto necesita de inventiva para llenar de paja los periódicos.

 

Somos nosotros quienes pedimos descanso en medio de este vendaval que apenas nos da tregua. Sí, claro que podemos evitarlo convencidos de que cuando todo es noticia que amenaza, nada lo es de verdad. Algo de esto también nos sucede. Pero lo cierto es que vivimos un tiempo de incertidumbres añadidas. Hace unos años, no tantos, era el 2007, la crisis financiera y económica puso al descubierto la insostenibilidad de los pactos del nuestro querido Estado de Bienestar.

 

Dicho así de asépticamente, parecen palabras de un cirujano social; en realidad, puede y debe decirse que la gestión ultraliberal del capitalismo ha significado un no rotundo al pacto entre el capital y el trabajo en el estado social de derecho. Ya no me interesa -vendría a decir el mundo del dinero- ese acuerdo, porque "el dinero puede ganar dinero sin pasar por la producción" y "porque en cualquier lugar hay alguien dispuesto a hacer lo mismo que usted por menos". Ya no me interesa.

 

Hace pocos años, no tantos, era 1992, y los políticos clásicos se desenvolvían con soltura alrededor de una democracia liberal y social poco o nada cuestionada, rayana -se decía- con el fin de la historia, es decir, con su triunfo universal como ideología y modelo de convivencia. Falso, más falso que los duros de plata, pero esa es otra cuestión. En pocos años, no tantos, uno tras otro los líderes de esas democracias han sido desbordados por los acontecimientos y nuevos nombres de características impensables hace poco -populistas suelen decirse- los superan en votos y habilidades. Las diferencias ideológicas de esos líderes son muchas y las contradicciones por donde se rompen las costuras de la vieja política, conocidas, pero el estilo personal de contar las ideas, se repite: rotundo, simple, unívoco.

 

Hace pocos años, no tantos, era 1980, la unidad cultural de occidentela veíamos aparentemente duradera y clara. Cuando llegó la globalización, era un lugar común pensar en la uniformidad cultural del mundo libre como el efecto más seguro. El progreso no admitía que le añadiéramos "este y no otro", como algo cuestionable, sino el progreso sin más, porque no había otro fuera del tecnocrático y capitalista. Entiéndase bien, siempre ha habido gente crítica con el sistema de producción, pensamiento y convivencia, pero eran los menos.

 

Decir progreso para la mayoría era decir, nosotros, Europa, América, la sociedad del consumo masivo. Progreso frente al retraso científico y la escasez. Y de pronto, otro giro del momento, apenas unos años para los profanos, diez quizá, y con las torres gemelas la diversidad política y cultural se vuelve cercana, retadora, temible... de difícil digestión. A marchas forzadas, con tanto giro, hemos tenido que prepararnos para cuestionar el progreso y para asimilar la diferencia cultural cuando es legítima diversidad. Y otra vez una digestión muy difícil para los gobernantes, necesitados de traducir a votos cada giro de historia, y más difícil si cabe para ciudadanos, poco o nada preparados para asimilar la diferencia en concepciones de la vida, lenguas, color de la piel, y, sobre todo, derechos humanos de todos, repito, de todos.

 

Hace pocos años, muy pocos para la mayoría de nosotros, apenas diez, a la difícil digestión de la diversidad cultural del mundo, subsigue lacrisis masiva de los refugiados y de los migrantes económicos que llegan a nuestros aeropuertos y costas, por todos los medios, con papeles y sin papeles, entrando en nuestras vidas con toda la variedad de necesidades y derechos fundamentales que veníamos reconociendo en cada declaración internacional a cual más hermosa. Pero, claro, cuando ha habido que traducirlas a derechos humanos subjetivos, es decir, derechos no solo proclamados, sino reconocidos como facultad subjetiva de las personas para reclamar esa condición ante los tribunales nacionales e internacionales, ya no es lo mismo. Y aquí sí que vale todo para quedar de pie, que se suele decir. Primero los nuestros..., no hay para todos..., cada uno en su país..., nos invaden..., llévalos a tu casa..., y así todos los zaskas tan primarios como poco pensados en el diario discutir.

 

En fin, dirá el amigo lector, y ¿por dónde salimos de este enredo? Están cambiando los liderazgos políticos, sociales, morales y religiosos, y quién antes dé con una forma clara del suyo, antes será reconocido. Pero, ¿ese tal nos sacará del embrollo? No, solo si elige bien, pues si se equivoca en la elección y se conduce por la demagogia fácil o el pragmatismo de sumar unos votos, eso no dura.

 

Ese nivel moral de mínimos para ir tirando hasta las próximas elecciones, o la próxima crisis, o las próximas primarias, ese nivel que obedece a la aporofobia -vivir con miedo y odio al pobre-, ese nivel según creo de "primero, yo", "primero, nosotros", "primero, lo nuestro", tan comprensible pero tan inaceptable, ese nivel moral de mínimos hay que llamarlo lo que es, "nivel de mínimos de injusticia y mentira".

 

Tener las cosas claras, no es ser radical. Ser radical es ir a la raíz de un problema, y en ese viaje puedo descubrir que soy injusto y no tengo razón. Soy honesto con la realidad, si la comprendo bien, aunque la conclusión me perjudique. Si parto de la base de que mi visión de lo que le pasa al mundo no me puede perjudicar, eso no es mirar humanamente la vida. Es hacer trampa a la justicia. La política tiene la culpa de todo, ¿sí? ¿Quién es la política sin mí?

José Ignacio Calleja 

Profesor de Moral Social Cristiana

Vitoria-Gasteiz

El Correo, 8 de agosto de 2018

 

 

 

 

“La pena de muerte es inadmisible”,

Papa Francisco

 

Benedicto XVI llamaba «la atención de los responsables de la sociedad sobre la necesidad de hacer todo lo posible para llegar a la eliminación de la pena capital». Y luego auguraba a un grupo de fieles que «sus deliberaciones puedan alentar iniciativas políticas y legislativas, promovidas en un número cada vez mayor de países, para eliminar la pena de muerte y continuar los progresos sustanciales realizados para adecuar el derecho penal tanto a las necesidades de la dignidad humana de los prisioneros como al mantenimiento efectivo del orden público».

 

En esta misma perspectiva, el Papa Francisco reiteró que «hoy día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado».La pena de muerte, independientemente de las modalidades de ejecución, «implica un trato cruel, inhumano y degradante».Debe también ser rechazada «en razón de la defectiva selectividad del sistema penal y frente a la posibilidad del error judicial». Es en este sentido en el que el Papa Francisco ha pedido una revisión de la formulación del Catecismo de la Iglesia Católicasobre la pena de muerte, de modo que se afirme que «por muy grave que haya sido el crimen, la pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona».

 

CIC. 2267. Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común.

 

Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.

 

Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona»[1], y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo.

 

[1] Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco con motivo del XXV Aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de octubre de 2017: L’Osservatore Romano, 13 de octubre de 2017, 5.

Para leer la carta completa, haga clic en el siguiente enlace:

https://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2018/08/02/0556/01210.html#letteraes

 

 

“(...) el que quiera salvar su vida la perderá”

 

 

Hace algunos meses me llegó un mensaje por la Internet que contaba que el 14 de Octubre de 1998, en un vuelo trasatlántico de la línea Aérea British Airwaystuvo lugar el siguiente suceso: A una dama la sentaron en el avión al lado de un hombre de raza negra. La mujer pidió a la azafata que la cambiara de sitio, porque no podía sentarse al lado de una persona tan desagradable. La azafata argumentó que el vuelo estaba muy lleno, pero que iría a revisar en primera clase a ver por si acaso podría encontrar algún lugar libre.

Todos los demás pasajeros observaron la escena con disgusto, no solo por el hecho en sí, sino por la posibilidad de que hubiera un sitio para la mujer en primera clase. La señora se sentía feliz y hasta triunfadora porque la iban a quitar de ese sitio y ya no estaría cerca de aquella persona. Minutos más tarde regresó la azafata y le informó a la señora: “Discúlpeme señora, pero efectivamente todo el vuelo está lleno... pero afortunadamente encontré un lugar vacío en primera clase. Sin embargo, para poder hacer este tipo de cambios le tuve que pedir autorización al capitán. Él me indicó que no se podía obligar a nadie a viajar al lado de una persona tan desagradable”.

 

La señora con cara de triunfo, intentó salir de su asiento, pero la azafata en ese momento se voltea y le dice al hombre de raza negra: “Señor, ¿sería usted tan amable de acompañarme a su nuevo asiento?” Todos los pasajeros del avión se pararon y ovacionaron la acción de la azafata. Ese año, la azafata y el capitán fueron premiados por esa actitud. La empresa se dio cuenta que no le había dado demasiada importancia a la capacitación de su personal en el área de atención al cliente. Por tanto, se hicieron algunos cambios de inmediato. Desde ese momento en todas las oficinas de British Airwaysse lee el siguiente mensaje: “Las personas pueden olvidar lo que les dijiste. Las personas pueden olvidar lo que les hiciste. Pero nunca olvidarán como los hiciste sentir".

 

Qué bueno es este ejemplo para exaltar las palabras que dirigió Jesús a sus discípulos después de la discusión sobre quién era él y el anuncio de su pasión: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa mía y por acepar el evangelio, la salvará”.

 

Nuestra sociedad nos ha ido acostumbrando a buscar lo mejor para nosotros. Incluso, los padres de familia le enseñan a sus hijos e hijas a no dejarse de los compañeros y compañeras. Primero yo, segundo yo, y si alcanza para un tercero, también yo, parece ser lo normal en nuestras relaciones interpersonales y sociales. Los que buscan el poder político, económico, social y cultural, pocas veces están pensando en el beneficio de los demás.  Pero mucho más escasa es la disposición a sacrificarse o a entregarse por los otros a costa de nuestro bienestar y mucho menos de nuestra vida. ¡Qué distinto es el mensaje de Jesús, el Mesías, como Pedro lo reconoció delante de sus compañeros! Su proyecto va en contravía de nuestros valores. No podemos olvidar que el que quiera salvar su vida, con toda seguridad, la perderá. Ni podemos perder de vista que cuando se está dispuesto a perder la vida por los demás, a lo mejor lo pasan a primera clase...

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

 

 

 

Asombro

 

En algún sitio he leído que existe una iglesia católica en Malasia en la que sus exiguos feligreses tiene desplegado un eslogan que dice: “Si no has podido ver el amanecer de hoy, no importa. Mañana te réglalo otro. Firmado: Dios”. Me parece un buen punto de reflexión sobre una forma de orar que estamos pasando por alto en nuestro mundo mecanizado y positivista; una expresión oracional que asimilamos a la vida monástica que tanto invita a la contemplación, pero que no identificamos suficientemente con toda persona con experiencia de Cristo (es decir, cristiana).

 

Toda filosofía nace del asombro que nos lleva a hacernos preguntas. Y el asombro como oración tienes que no hayas recibido? Solo con pasear la mirada por la naturaleza, contemplar un atardecer en verano o un amanecer en otoño, tenemos suficiente material espiritual para abrirnos al asombro, que no es más que una manifestación genuina de la humildad, del hacernos como niños con la intención que le dio Jesús a esta expresión. La humildad, ay, es el mejor camino para asombrarse también de las propias capacidades dormidas: pinta, canta, baila, cocina, escribe, escucha, sonríe, ayuda… 

 

El Todopoderoso ha hecho obran grandes en mí, es una exclamación que Lucas pone en labios de María para hacerla hacer nuestra y repetir con frecuencia. Cuando algo o alguien nos emocionan, no podemos evitar expresarlo. El regocijo no es completo si no lo compartimos. La experiencia gozosa de un Dios perdonador hizo exclamar los bellos salmos que nos legó David llenos de bendición y asombro agradecido. Seguro que disfrutó intensamente en su corazón con semejantes sentimientos exultantes. 

 

Lograr la actitud de asombro ante lo mucho que tenemos -en lugar de vivir centrados en lo que nos falta- tiene una consecuencia enraizada en el propio Cristo: sabernos bendecidos invita a compartir lo recibido, la alegría sí, pero también los dones que a otros les faltan: compartir el amor de Dios en mil formas e intensidades, conforme a lo recibido gratis.  

Gabriel Mª Otalora

21 de septiembre de 2018

 

 

 

Comunidad cristiana: fraternidad-sororidad

 

El Espíritu de Dios y de Jesús se manifiesta en la comunidad cristiana. La comunidad es la estructura básica de la existencia humana y el espacio social en que va tejiéndose nuestra identidad, abierta al «tú», al «nosotros». Es, a su vez, el tejido religioso que va conformando la identidad cristiana en comunión con los hermanos y hermanas que comparten la fe en Jesús de Nazaret. En ella encontramos un espacio liberado donde vivir de manera liberadora la experiencia gozosa de la fraternidad-sororidad.

 

El cristianismo es, ante todo, una aventura comunitaria, una opción grupal, no una travesía solitaria. El sujeto de la fe cristiana es el yo, pero no como persona aislada sino como hermano-a. Quien se adhiere a Jesús es la persona creyente, pero en el seno de un grupo que lo acoge y lo acompaña. La Iglesia no es, por tanto, la suma de individuos que se encuentran causalmente en los actos de culto y buscan por separado la salvación de su alma pasando por la tierra como por brasas. Es la comunión de comunidades que viven su fe a partir de la experiencia del movimiento de Jesús como grupo de iguales, hombres y mujeres, en el anuncio del evangelio y en la práctica de las bienaventuranzas. Lo expresa con precisión teológica la Constitución dogmática sobre la Iglesia del concilio Vaticano II: “Quiso el Señor santificar y salvar a los seres humanos no aisladamente y separados entre sí sino formando un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente” (LG 9). 

 

La Iglesia tiene una dimensión institucional como expresión de su visibilidad y, quizá también, como condición necesaria para su continuidad y pervivencia. Pero lo institucional no agota la totalidad de la Iglesia. En cuanto comunión de comunidades, lo que la anima —o debe animarla— es el Espíritu —que no discrimina entre hombres y mujeres—, no el poder —que tiene tendencia a estructurarse patriarcalmente—. El criterio de organización son los carismas, y no la jerarquía. Ello da lugar a la configuración de la Iglesia conforme al binomio comunidad-carismas, frente a la actual oposición clérigos-laicos.

 

La Iglesia no es fin en sí misma. Está al servicio del reino de Dios, cuyos destinatarios privilegiados son los pobres. Éstos constituyen, entonces, la verdadera razón de ser de la Iglesia, el principio de su estructuración, organización y misión, y el lugar socio-teologal donde debe ubicarse[10].

 

Mínimos fundamentales para ser cristianos hoy.

Juan-José Tamayo 

 

 

Papa Francisco

en la audiencia del miércoles 20 de junio 2018

 

En la Biblia los mandamientos no viven por sí mismos, sino que son parte de una relación, una conexión. Hemos visto que el Señor Jesús no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. Y está esa relación, de la Alianza entre Dios y su Pueblo. Al inicio del capítulo 20 del libro del Éxodo leemos —y esto es importante—: «Pronunció Dios todas estas palabras» (v. 1).

 

Parece una apertura como otra, pero nada es banal en la Biblia. El texto no dice: «Dios pronunció estos mandamientos» sino «estas palabras». La tradición hebrea llamará siempre al Decálogo «las diez Palabras». Y el término «decálogo» quiere decir precisamente esto. Y también tienen forma de ley, son objetivamente mandamientos. ¿Por qué, por tanto, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término «diez palabras»? ¿Por qué? ¿Y no dice «diez mandamientos»?

 

¿Qué diferencia hay entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo. Dios Padre crea por medio de su palabra, y su Hijo es la Palabra hecha carne. El amor se nutre de palabras, y lo mismo la educación o la colaboración. Dos personas que no se aman, no consiguen comunicar. Cuando uno habla a nuestro corazón, nuestra soledad termina. Recibe una palabra, se da la comunicación y los mandamientos son palabras de Dios: Dios se comunica en estas diez Palabras, y espera nuestra respuesta. 

 

Otra cosa es recibir una orden, otra cosa es percibir que alguno trata de hablar con nosotros. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Yo puedo deciros: «Hoy es el último día de primavera, cálida primavera, pero hoy es el último día». Esta es una verdad, no es un diálogo. Pero si yo os digo: «¿Qué pensáis de esta primavera?», empiezo un diálogo. 

 

Los mandamientos son un diálogo. 

 

El hombre está frente a esta encrucijada: ¿Dios me impone las cosas o cuida de mí? ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? ¿Dios es patrón o padre? Dios es Padre: nunca olvidéis esto. Incluso en las peores situaciones, pensad que tenemos un Padre que nos ama a todos. ¿Somos súbditos o hijos? Esta lucha, tanto dentro como fuera de nosotros, se presenta continuamente: mil veces tenemos que elegir entre una mentalidad de esclavo y una mentalidad de hijos. El mandamiento es del señor, la palabra es del Padre.

 

El Espíritu Santo es un Espíritu de hijos, es el Espíritu de Jesús. Un espíritu de esclavos no puede hacer otra cosa que acoger la Ley de manera opresiva y puede producir dos resultados opuestos: o una vida hecha de deberes y de obligaciones o una reacción violenta de rechazo. Todo el cristianismo es el paso de la carta de la Ley al Espíritu que da la vida. (Cf. 2 Corintios3, 6-17). Jesús es la Palabra del Padre, no es la condena del Padre. Jesús vino a salvar, con su palabra, no a condenarnos. Se ve cuando un hombre o una mujer han vivido este paso y cuando no. La gente se da cuenta de si un cristiano razona como hijo o como esclavo. Y nosotros mismos recordamos si nuestros educadores nos han cuidado como padres y madres o si nos han impuesto solo unas reglas. Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino.

 

El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto.

 

Papa Francisco 

en la audiencia del miércoles 20 de junio 2018

 

 

El lugar social como condicionamiento de la visión

yla interpretación de la realidad (“círculo ideológico”).

 

Toda visión de la realidad está condicionada por el lugar social que uno ocupa, esto es lo primero que tenemos que tener encuenta.

 

Cuando hablamos de lugar social nos referimos a las condiciones de socialización, al tipo de educación recibida, a los vínculos establecidos, a la clase social o sector socio-económico a que se pertenece. Aquí inciden tanto los factores objetivos como lo subjetivos, es decir la autopercepción que una persona tiene de sí y de su situación. No podemos ser ingenuos, respecto a la incidencia de estos factores en mi interpretación de la realidad.

            

Esa interpretación lleva a conformar un cierto “círculo ideológico” (hermenéutico), es decir una cierta cosmovisión personal o de grupo. Dicho círculo condiciona mi interpretación de la realidad y condiciona también mi práctica y mis compromisos prácticos.

 

Joao Baptista Libanio, teólogo brasileño, ha planteado que la posibilidad de romper este círculo ideológico, y transformar la interpretación de la realidad hacia una conciencia más lúcida y crítica, está dada en la apertura a la “experiencia de la alteridad”, es decir de experimentar otra realidad, tomando distancia de la anterior. La etimología de la palabra experiencia nos habla de aquel conocimiento que obtenemos cuando salimos de “nuestro perímetro”, de nuestro mundo y nuestra visión, y logramos conocer de otro modo y otras realidades.

 

Particularmente yo veo la realidad con los condicionamientos propios de vivir en Montevideo, en tal barrio y tengo tal formación, pertenezco a tales y cuales grupos y organizaciones, etc. Está vinculado, aunque es más complejo, a todo esto que las empresas encuestadoras siempre decodifican como variables que inciden en la opinión de las personas.

Horacio Otonelli
Fe y política. Perspectivas del discernimiento sociopolítico de los cristianos.

 

 

José María Castillo

 

"La Iglesia desplazó el Evangelio de Jesús a la religión de los sacerdotes"

 

"La Cristología se constituye no desde determinados dogmas, sino a partir del seguimiento de Jesús"

 

 

Se suele decir (y es verdad) que la Religión Cristiana tiene su origen en Jesús de Nazaret. Como también suele decir (y también es verdad) que la Iglesia tuvo sus comienzos en la vida y las enseñanzas de Jesús. Pero tan cierto, como lo que acabo de decir, es que ni Jesús fundó (o instituyó) una Religión, ni fundó (o instituyó) una Iglesia.

 

¿Cómo iba a fundar una religión un hombre que provocó un conflicto mortal con los dirigentes de la religión, con el templo, con los sacerdotes, los rituales y normas que la religión imponía a la gente, de forma que todo aquello terminó en la condena de Jesús como un delincuente subversivo? Y por lo que se refiere a la Iglesia, ni siquiera el concilio Vaticano II se atrevió a decir que Jesús fue su "fundador", sino que se limitó a indicar que la Iglesia tuvo su origen en la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios(LG 5, 1). Por supuesto, san Pablo les puso el nombre de "iglesias" a las "asambleas" que él fue organizando en sus viajes apostólicos. Pero sabemos que Pablo fue un judío de cultura griega, en la que el término "ekklesía" designaba la asamblea de los ciudadanos libres, que se reunían para votar democráticamente las decisiones importantes.

 

Entonces, ¿qué es lo que nos dejó Jesús a quienes creemos en él y, por tanto, pensamos que su legado es importante, incluso determinante y hasta decisivo? Leyendo y analizando a fondo los evangelios, lo que en ellos queda patente es que Jesús fue un profeta, que trasmitió a su posteridad un proyecto de vida,una forma de estar y de actuar en este mundo.

 

Un proyecto de vida que se lleva a la práctica a partir de lo que fueron las tres preocupaciones fundamentales que vivió el propio Jesús:

 

1) La salud (relatos de "curaciones de enfermos").

2) La alimentación (relatos de "comensalía", la mesa compartida).

3) Las relaciones humanas (enseñanzas sobre la "felicidad, misericordia, justicia, perdón, amor...).

 

Este "proyecto de vida", en el lenguaje y en la teología del Evangelio, se resume y se condensa en el "seguimiento" de Jesús. De forma que la cristología se constituye primordialmente, no desde determinados dogmas y saberes, sino a partir del seguimiento de Jesús.

 

Pues bien, si lo que acabo de indicar fue constitutivo y determinante en los orígenes del cristianismo, en seguida se comprende - y se comprende sin dificultad - cómo y por qué la Iglesia encontró acogida en la Antigüedad o, por el contrario, cómo y por qué la Iglesia encuentra indiferencia y hasta rechazo en la Modernidad.

José María Castillo

 

 

 

Ignacio Ellacuría

 

 

“(……) conviene tener en cuenta que la honradez y fidelidad con lo real incluye, como ya queda insinuado, no sólo captar la realidad tal cual es (honradez con lo real), sino también responder a las exigencias o demandas que la misma realidad ya honradamente conocida plantea, en el sentido de potenciar todo lo que en ella se encuentra de positivo y de promesa de vida y de combatir todo lo que en ella se descubra como negativo y amenaza de muerte (fidelidad con lo real). No basta, pues, conocer sin más la realidad o“hacerse cargo de ella”. Hace falta también sentirse personalmente implicado con su estado actual, escuchar sus desafíos y exigencias, conmoverse ante sus demandas, es decir, “cargar con ella”. Y hace falta, por último, responder a esos desafíos, exigencias o demandas comprometiéndose en su transformación liberadora: “encargarse de ella”.

Ignacio Ellacuría

 

 

 

Evitar la actitud de mera “resistencia”

 

Hoy se habla a veces de que estamos en tiempos de resistencia. Se entiende lo que se quiere decir, porque son tiempos difíciles, pero no se trata de simplemente “resistir”; se trata de seguir viviendo la Misión en plenitud, a pleno pulmón. Es verdad que se puede hablar de una “espiritualidad del exilio”; pero en ella no se trata sólo de “aguantar”. A veces hay que hacerlo, como en las trincheras, pero no para quedarse en ellas (ésa es la tentación actual de la Iglesia, en la que están cayendo muchos sectores de ella), sino para seguir adelante. Y para seguir adelante no como antes, sino reestructurando fuerzas, renovando ideas y formas. Ésa es la verdadera espiritualidad del exilio. Eso fue lo que hizo el pueblo de Dios: comprendieron que ya no podía estar centrado todo en el templo, que ya no existía, sino en la comunidad. Y eso hizo Jesús desde la “crisis galilea”: se centró en la formación del grupo, de la comunidad, para el futuro. ¡Ahí hay un camino para nosotros, que tenemos que hacer nuestra propia reestructuración!

 

La creatividad puede ser definida, de manera general, como «la capacidad de reacción en presencia de problemas inéditos». Esta creatividad es hoy considerada como una actitud indispensable del espíritu humano en la sociedad moderna. La creatividad no sólo es necesaria hoy. Ha existido siempre. «La creatividad era en otros tiempos, sobre todo durante los primeros siglos de la Iglesia, un hecho evidente, vivido espontáneamente, respondiendo a las necesidades inmediatas de las comunidades». Impresiona la capacidad del cristianismo para pasar del contexto cultural y lingüístico arameo al griego o al latino. La época actual tiene tanto derecho a la creatividad como otras. 

 

La Iglesia actual tiene miedo a instituir la creatividad como metodología necesaria hoy. Tiene miedo a que se abran brechas y se toque lo intocable: la creatividad es fácil de confundir con la espontaneidad, la improvisación, la fantasía, la no directividad, el inconformismo, la disolución.Este miedo es razonable ante experiencias arbitrarias y novedades sin fundamento que no conducen a ninguna parte, pero se puede caer en una arbitrariedad peor y que consiste en oponerse sistemáticamente a toda búsqueda o esfuerzo de renovación, promoviendo la inercia y el inmovilismo, signos claros de apagamiento del Espíritu. 

 

La verdadera creatividad …….Nace de la exigencia de una mayor fidelidad al Acontecimiento Fundante desde nuestro contexto socio-cultural y nuestros problemas.No basta el «voluntarismo pastoral», la repetición del pasado, el atenerse a lo establecido. Respetar lo establecido no significa necesariamente fidelidad al Evangelio como tampoco el romperlo 

 

En adelante será cada vez más importante la creatividad, la obediencia al Evangelio que es quien pone vida en la Iglesia, introduce el Espíritu, abre caminos, alienta a buscar salidas nuevas a situaciones nuevas. La tarea es delicada pues supone actuar no contra lo establecido pero tampoco según lo establecido sino por caminos nuevos. 

 

José Antonio Pagola

 

 

Más allá de la izquierda y de la derecha.

La defensa “católica” del no-nacido y del pobre en “Gaudete et exsultate”

 

Acordemos que los cristianos deberíamos practicar, como pide M. Benedetti, la defensa de la alegría como una forma de defender la esperanza: 

 

“Defender la alegría como una trinchera / defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables / de las ausencias transitorias y las definitivas

defender la alegría como un principio/ defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones / de las dulces infamias / y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera /defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas / de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias / defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos / de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio / de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza / defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo / del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa / defender la alegría como un derecho

 

Deberíamos hacerlo de tal manera que un cristianismo malhumorado nunca jamás vuelva a dar pie a una estrofa como la última:

defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar /  y también de la alegría. 

 

La secularización contemporánea sitúa a la Iglesia cada vez con más fuerza ante la pregunta sobre su modo de presencia en la sociedad. Pues dicha secularización no consiste principalmente en una disminución del culto (en algunos lugares se da incluso un cierto revival del fenómeno religioso), sino de la pérdida de relevancia social de la fe; fe que se considera, además, como una opción accesoria, y no fundante, de la vida personal.

 

Como respuesta a este entorno secularizado, Benedicto XVI propuso la necesidad para la Iglesia de generar “minorías creativas”. Recogía con ello una expresión del historiador británico Toynbee, que la usaba para analizar los grandes cambios de civilización: quienes habían determinado el nuevo paradigma social resultaban ser, no grandes masas, sino pequeñas minorías creativas capaces de intuir y generar un nuevo tejido cultural.

 

Para entender bien qué se quiere decir con estas minorías creativas, es necesario diferenciarlas de los guetos o comunidades cerradas ante un ambiente opresivo. Creo que la distinción es posible a partir del adjetivo “creativas”: estas minorías son capaces de generar cultura alrededor de ellas………

 

Frente a esta visión del cristianismo como masa o gueto se alza la propuesta, radicalmente diferente, de la minoría creativa. Se trata, por una parte de una minoría, no porque se restrinja a unos pocos la buena nueva. La ley de la minoría es necesaria, al contrario, porque el cristianismo se mueve siempre en círculos concéntricos. Es decir, Dios no transmite el Evangelio a cada individuo en forma separada, sino que siempre lo entrega por mediaciones, de persona a persona, de carne a carne. La Biblia desarrolla así la teología del resto de Israel: un resto es, por ejemplo, el arca de Noé, de donde se engendrará un pueblo nuevo; un resto es la Sagrada Familia, donde nace Cristo, origen de este pueblo; un resto es el Siervo de Yahvé, que genera en su muerte y resurrección una comunidad renovada.

 

En segundo lugar, lo que distingue a esta minoría de un gueto es su capacidad para generar a su alrededor cultura, modos cristianos de vida. La minoría no se contenta con vivir un “cristianismo auténtico”, ni concibe las relaciones como encuentro interior con Dios y los hombres; todo su esfuerzo está dirigido a generar cultura, es decir, modos objetivos de relacionarse en los que puede florecer la existencia cristiana. La minoría creativa transmite la experiencia de la fe, no solo por testimonio de lo que se ha gustado interiormente, sino porque crea un entorno y un ambiente en el que la persona puede ser introducida, y en el que la experiencia se hace concreta y vivible.

 

Se ha dicho que el cristiano del siglo XXI será místico o no será (K. Rahner)8. Según lo que se ha explicado antes, esta frase podría malinterpretarse, como si el cristianismo solo pudiera sobrevivir a partir de una experiencia interior muy fuerte, vista la caída de las estructuras externas que lo sostenían. Pienso, por el contrario, que el cristianismo dependerá siempre, no de un misticismo interior, sino de un modo de generar espacios y tiempos donde pueda germinar y madurar la fe. La clave será la capacidad de seguir transmitiendo este espacio y este tiempo, porque solo él garantiza que pueda encenderse la llama del encuentro con el misterio.

 

número 101 de la Exhortación Apostólica: "la defensa del inocente que no ha nacido, sostiene Francisco, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte". El papa argentino recupera en estos párrafos la relación entre la defensa de la vida del "no-nacido" o "nasciturus" y la de los pobres que tienen enormes dificultades para no morir "antes de tiempo"…………………………..

 

No es nada nuevo que para la izquierda de nuestro país resulta mucho más determinante la defensa -en caso de conflicto- del pobre viviente que del no-nacido o "nasciturus". Por ello, entre ambas vidas, se decanta por la primera al precio de la segunda. Semejante decisión resulta de primar -rompiendo con la tradición solidaria a la que pertenece- la calidad de vida del ya viviente sobre el derecho a la vida del no-nacido o "nasciturus". No faltan quienes llegan a sostener que esta apuesta por la libertad del nacido al precio de la solidaridad con el "no-nacido" es una variante -debidamente puesta al día- del "darwinismo social" ("el pez grande se come al chico") que ha venido siendo patrimonio exclusivo de la derecha más rancia y beligerante. Según esta observación, nos encontramos con que la izquierda está siendo contaminada -sobre todo, en su versión más radical- por este axioma de la derecha cuando defiende, por ejemplo, "el derecho al aborto". Cuando ello sucede, recuerdan estos críticos, dicha izquierda queda contaminada por la lógica "depredadora"que, tradicionalmente, había venido siendo patrimonio de la derecha.

 

Y tampoco es novedad alguna quela derecha prefiera defender (a veces, hasta apasionadamente) el derecho a la vida del no-nacido o del "nasciturus"sin dejar de mirar a otro lado u oponerse frontalmente a las iniciativas y decisiones que buscan garantizar la posibilidad de una existencia medianamente digna a los ya nacidos y, concretamente, a los más pobres y necesitados. Tal es el caso, por ejemplo, de las críticas que, como una especie de eterno "ritornello", hay que escuchar de ellos en el País Vasco sobre la Renta de Garantía de Ingresos (RGI); sobre todo, cuando se aproximan citas electorales. Sin negar que este mecanismo de solidaridad con los más necesitados es mejorable en muchos aspectos y que no está exento de la picaresca que es propia y habitual de la condición humana (más allá de que se sea nacional o extranjero), es incuestionable quea la derecha no le gusta nada dicha Renta de Garantía de Ingresos ni la apuesta que canaliza por garantizar un mínimo vital básico a todas las personas y familias que no disponen de recursos económicos suficientes. He aquí un ejemplo en el que la derecha, siendo formalmente solidaria con los "no-nacidos", muestra su rostro insolidario y beligerante con los vivientes.

 

Pues bien, frente a la falta de "locura o coraje solidario" de la izquierda con los "no-nacidos" (en nombre de la libertad personal) y frente al "darwinismo social" de la derecha con los pobres (en nombre de la rentabilidad y al precio de la solidaridad), Francisco recuerda que lo propiamente "católico" (mejor dicho, cristiano) pasa por acoger el derecho a nacer del "nasciturus" y el derecho a vivir dignamente del ya nacido para no morir "antes de tiempo". Y más, si es pobre o está condenado a serlo. Como se ve, una posición para nada equidistante, además de coherente. La culpa de ello la tiene, una vez más, el Evangelio, caricia y aguijón a la vez. Guste o no. Sencillamente, ¡fantástico!

 


Jesús Martínez Gordo

 

  

 

El papa en Letonia

 

Discurso del Papa Francisco durante el encuentro ecuménico en Riga

 

Y ese es uno de los peligros que siempre se corre: pasar de residentes a turistas. Hacer de aquello que nos identifica una pieza del pasado, una atracción turística y de museo que recuerda las gestas de antaño, de alto valor histórico, pero que ha dejado de movilizar el corazón de aquellos que lo escuchan. 

 

Con la fe nos puede pasar exactamente lo mismo. Podemos dejar de sentirnos cristianos residentes para volvernos turistas. Es más, podríamos afirmar que toda nuestra tradición cristiana puede correr la misma suerte: quedar reducida a una pieza del pasado que, encerrada en las paredes de nuestros templos, deja de entonar una melodía capaz de movilizar e inspirar la vida y el corazón de aquellos que la escuchan. Sin embargo, como afirma el evangelio que hemos escuchado, nuestra fe no es para ocultarla sino para darla a conocer y hacerla resonar en diferentes ámbitos de la sociedad, para que todos puedan contemplar su belleza y ser iluminados con su luz (cf. Lc 11,33). 

 

Si la música del evangelio deja de ejecutarse en nuestra vida y se convierte en una bella partitura del pasado, dejará de romper las monotonías asfixiantes que impiden movilizar la esperanza, volviendo así estériles todos nuestros esfuerzos.

Si la música del evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados-enviados.

 

Si la música del evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer, sea cual sea su proveniencia, encerrándonos en "lo mío", olvidándonos de "lo nuestro": la casa común que nos atañe a todos.

 

Si la música del evangelio deja de sonar, habremos perdido los sonidos que conducirán nuestras vidas al cielo, encerrándonos en uno de los peores males de hoy en día: la soledad y el aislamiento. Esa enfermedad que nace en quien no tiene vínculos, y que puede verse en los ancianos abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro (cf. Discurso al Parlamento Europeo, 25 noviembre 2014)……..

Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del evangelio brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (ibíd., 11). 

 

Queridos hermanos: Que siga sonando entre nosotros la música del evangelio, que no deje de sonar lo que permite que nuestro corazón siga soñando y mirando la vida plena a la que el Señor nos llama a todos: a ser sus discípulos misioneros en medio del mundo que nos toca vivir. 

 

Papa Francisco

 

 

 

Entre el “giro de Constantiniano” y la minorías abrahámicas.

 

Ahora bien, este marco de comprensión de la Iglesia no es el único posible ni tampoco surgió de la nada. En realidad, es el esquema que ha dominado la historia eclesial sólo a partir del s. IV con el llamado giro constantiniano (es decir, con el paso de una Iglesia cristiana perseguida a la Iglesia oficial del imperio romano). Esta profunda modificación dio lugar, con el tiempo, a una identificación entre la Iglesia cristiana y la sociedad global, a la disolución de la diferencia y alternativa del comportamiento de los creyentes (¡por eso surgió en ese momento la vida religiosa!) y a una extensión del modelo de “diálogo” como el único posible. (¿???) La ética cristiana dejó de preguntarse ¿cuál es el estilo de vida de las comunidades cristianas? Para intentar responder a la pregunta ¿cómo se debe organizar la sociedad? Por su parte, parece claro que Jesús de Nazaret, dirigió sus esfuerzos a anunciar el Reino de Dios, haciéndolo visible a través de la comunidad de sus seguidores, nuevo Pueblo de Dios. Jesús nunca pretendió organizar toda la estructura del imperio romano, ni siquiera en Palestina. Jesús quiso formar una comunidad alternativa que encarnase la novedad del Reino.

 

La comunidad cristiana desde esa perspectiva, está llamada a ser minoría. Pero no una minoría meramente por criterios demográficos o estadísticos, sino por profundas razones teológicas. Somos “signo o instrumento de salvación” LG 1 y 48), es decir, una minoría que ayuda a avanzar el proyecto liberador del Padre haciéndolo visible para todos los seres humanos. Este sentido lo recoge bien Helder Cámara: “estamos llamados a ser minorías abrahámicas”. Constituimos minorías, pero no grupos cerrados, sino minorías abrahámicas, es decir, alternativas, peregrinas, pobres y plurales: los cristianos caminamos junto a musulmanes, judíos y quizás, también, “humanistas seculares”. Tal vez la historia reciente nos ha hecho más conscientes de ello.

 

Para profundizar teológicamente en esta realidad conviene acudir al testimonio creyente de las primeras comunidades cristianas y releer cómo ellas plasmaron su seguimiento a Jesús y su lucha por el Reino (…)

 

 

 

Cultivar un «arte de vivir» en cristiano.

 

La fe cristiana moldea y transforma la existencia. Inspira un « arte de vivir » Y esto puede observarse en la misma medida en que los que profesan la fe en Cristo llegan a ser ellos mimos como « signos » de Cristo en el mundo. Como lo afirmaba Pablo VI en la exhortación apóstolica Evangelii nuntiandi, la evangelización comienza por las preguntas que suscita la simple presencia de los cristianos : 

 

« Por este testimonio sin palabras, los cristianos hacen sugir, en el corazón de aquellos que les ven vivir, cuestiones irresistibles : ¿por qué son así ? ¿por qué viven de esa manera ? ¿qué es lo que les mueve ? ¿Por qué están ellos entre nosotros? Tal testimonio es una proclamación silenciosa, pero fuerte y eficaz de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización » (EN 21)

 

Se puede hablar entonces de una especie de primera « inscripción » del Evangelio de Cristo en el tejido de las realidades del mudo, sean estas de orden social, económico, político o cultural. Existe realmente un « ethos » cristiano, una manera efectiva de manifestar esta relación que une la fe propuesta y los comportamientos vividos, sobre todo si las costumbres y las leyes se oponen al Evangelio.

 

El arte cristiano de vivir pide una refrencia explícita a la Palabra de Dios y a la Tradición de la Iglesia. Es esta una convicción que aparece con fuerza ………

 

La «diferencia cristiana» está llamada a manifestarse hoy en condiciones nuevas. Cuanto más la sociedad olvida sus raíces cristianas, más urgidos se sienten los bautizados a ir la fuente de su identidad y a manifestarla con claridad.

 

Este «arte de vivir» en cristiano en la sociedad exige un formación seria que los movimientos de laicos, y las familias religiosas, tratan de desarrollar apelando a sus propias tradiciones : no se trata sólo de favorecer una cultura del compromiso cristiano, se trata de fundamentar espiritualmente los compromisos a menudo costosos, exigentes.

 

En este terreno la vida religiosa debe ser reconocida en toda su significación como manifestación de una manera tangible y visible de lo que es una vida humana cuya razón de ser básica es la respuesta a una llamada de Dios.

 

A este respecto los monasterios de hombres y de mujeres son a menudo reconocidos como lugares significativos en los que se puede llegar a la fuente y dejarse «volver a coger» por el misterio de Dios. Será bueno que estos lugares sean cada vez más reconocidos en nuestras diócesis y en nuestra Iglesia con su manera específica de participar en los trabajos de la evangelización.

 

Pero también la vida consagrada apostólica demanda ser comprendida, y sin duda revalorizada, por lo que es en sí misma: en las formas de existencia ordinaria, en los lugares ordinarios, en el interior de las tareas ordinarias, da testimonio de « las leyes extraordinarias de nuestra república espiritual » tal como afirma el autor de la Carta a Diogneto. Y esto se verifica de manera especial en lo que concierne a la presencia entre las personas más frágiles de nuestra sociedad, los niños y los jóvenes, los pobres y los excluidos.

 

 

Evangelización a través de la red capilar

 

La difusión del Evangelio a través de la red capilar significa en primer lugar que el Evangelio del Reino tiene que ser llevado a los diferentes medios de vida por los bautizados para actuar allí como fermente de renovación. En este vasto dominio del “orden temporal”, el Vaticano II ya había indicado algunos espacios particulares en los que se desplegara “el apostolado de los laicos”: las ciencias y la cultura (LG 36; AA 1; GS 62; AG 21), la vida familiar (LG 35; AA 4,11; sp. GS 47 ss.), la actividad social, económica y política y la solidaridad entre las personas y las naciones (AA 7,13; GS 63 ss.) y la salvaguarda de la paz (GS 77 ss.). Hoy en día, habría que añadir sin duda otros espacios, como: la promoción de la dignidad humana, la defensa de los derechos humanos, la salvaguarda de la creación, el progreso de las ciencias y de las técnicas en el terreno medioambiental, etc. Estas indicaciones balizan este campo del apostolado de los laicos “en gran parte abierto a ellos solos” (AA 2).

 

Será, con frecuencia, por la presencia de los laicos en estos dominios de la actividad humana cómo el Evangelio actuará como un fermento en la vida de nuestros contemporáneos y no por la única actividad de los ministros ordenados. ……

 

A lo largo de estos últimos decenios, la Iglesia católica de Québec no ha conseguido superar la crisis de la Acción católica. Más bien, ella se ha replegado tratando de conseguir la formación de laicos capaces de intervenir en la actividad pastoral de la Iglesia. La participación de los laicos en el campo pastoral no tiene por qué abandonarse, pero los Padres conciliares del Vaticano II nos recuerdan que “los laicos están llamados especialmente a garantizar la presencia de la acción de la Iglesia en los lugares y las circunstancias en los cuales ella no puede llegar a ser si no es por ellos la sal de la tierra” (LG 33

 

Durante los primeros siglos de la Iglesia, ¿no es gracias al testimonio de los fieles dispersos por todo el Imperio romano como se propagó el Evangelio? ¿No es esto lo que nos testifican los escritos neotestamentarios: la Buena Noticia se ha extendido gracias a aquellos que han sido tocados por el Evangelio o que se han encontrado con Jesucristo, primero, judíos convertidos de la diáspora, después prosélitos que frecuentaban sus sinagogas, más adelante paganos que se codeaban con unos y otros? El Evangelio se extendió rápidamente a los lugares donde se había establecido el ejército y a las ciudades en las que se había instalado la administración. El Evangelio fue propagado especialmente por soldados o funcionarios cristianos que lo compartían con otros. Estos cristianos han contribuido a la difusión del Evangelio sobre el terreno concreto tanto como los misioneros a quienes correspondía la responsabilidad. Todavía hoy, la presencia capilar de los bautizados en la vida social está siendo decisiva para el anuncio de la Buena Noticia. Las Iglesias de tradición evangélica lo han comprendido bien: su vitalidad es proporcional al dinamismo y a la irradiación de sus miembros. Por el contrario, la inversión masiva del campo pastoral por los laicos puede acentuar una tendencia a reducir la vida de la Iglesia a la actividad pastoral  y contribuir, por este hecho, a su clericalización (o a impedir que salgamos de ella) así como a su desarrollo como gran servicio público de lo religioso.

 

A la inversa, la promoción del compromiso de los laicos en la vida secular supondrá preocuparse de despertar al conjunto de los miembros del cuerpo eclesial a su vocación bautismal para que ellos lleguen a ser cristianos adultos, verdaderos sujetos activos de la misión eclesial entre sus contemporáneos. Semejante perspectiva apostólica requiere competencias de base sobre diferentes planos: competencias para progresar en la vida cristiana, dar testimonio de Cristo y vivir según su Espíritu; competencias para leer su vida personal y la historia humana a la luz de la Escritura como historia de salvación; competencias para dar cuenta de su esperanza y debatir las cuestiones éticas con las que se encuentran en el marco de sus actividades; etc. La promoción de una presencia capilar del Evangelio por los bautizados supondrá la creación de grupos y el acompañamiento de cristianos que operan en diferentes campos de la actividad humana. De ahí la importancia de favorecer el agrupamiento de cristianos en red, especialmente en función de los ambientes, para que sean los fieles y no solamente los expertos patentados en pastoral quienes proponen el compartir el Evangelio.

SENTIDO Y NECESIDAD DE UNA "TRADUCCIÓN CRISTIANA" DE LOS SALMOS

 

Difícilmente se encontrará en la literatura universal un escrito religioso de tanta riqueza espiritual y de tanto influjo histórico como el libro de los Salmos. En él se reflejan no sólo las esperanzas, alegrías, dudas, angustias y rebeldías de orantes excepcionales, sino también la historia secular de todo un pueblo en su relación con Dios. No es de extrañar que, con el tiempo, se convirtiese en uno de los libros oficiales en la liturgia de la Iglesia, de manera que en la recitación de los Salmos se ha alimentado y continúa alimentándose una buena parte de la espiritualidad cristiana.

 

Incluidos en la Biblia, los Salmos hacen muy explícita una dimensión fundamental de la revelación. Mientras el mensaje profético se expresa como palabra de Dios hacia las personas -"escucha, pueblo mío", "así dice el Señor"-, la oración de los Salmos presenta la palabra humana dirigiéndose a Dios, tal como es ella: adorante, agradecida, angustiada, suplicante. Va, pues, de abajo hacia arriba; pero es también revelación, porque constituye ya siempre una respuesta suscitada e inspirada por la presencia viva y salvadora de Dios. Los Salmos revelan la subjetividad humana en cuanto abriéndose a esa presencia: muestran el modo justo, verdadero y auténtico de acogerla, de invocarla y de dejarse transformar por ella.

 

Pero los Salmos, por el hecho de realizarse a través de la acogida humana, participan necesariamente de la historicidad de toda la revelación. También ellos son fruto de ese largo, difícil y admirable proceso de la "lucha amorosa" de Dios con nuestras limitaciones y con nuestras resistencias para revelarnos su amor y hacer presente el verdadero sentido de su salvación. Por eso los Salmos, en el largo proceso de ir perfilando y acogiendo el rostro auténtico de Aquel a quien se dirigen, aparecen llenos de descubrimientos fulgurantes, caídas inesperadas y humildes y fatigosas correcciones. Finalmente, ese camino culmina en la increíble e insuperable pureza manifestada en la palabra, en la vida, en la muerte y en la resurrección de Jesús de Nazaret.

 

Por eso, vista desde hoy, la verdad de los Salmos aparece como una verdad en camino, con distinta pureza conforme a los diversos tiempos. No se pueden leer todos por igual, en una nivelación sincrónica, como si fuesen creados o escritos al mismo tiempo y con la misma mentalidad. Un salmo creado en el siglo IX antes de Cristo, cuando todavía era posible hablar de "dioses" en plural (cf., por ejemplo, Sal 58,2; 82,1; 97,7...) y la idea del Señor conservaba muchos rasgos de aquel terrible "Dios de los ejércitos", no puede ser leído o rezado igual que otro escrito después del Destierro; porque ahora, gracias a la fidelidad orante y al trabajo profético, Dios ya había conseguido revelarnos que Él era el Dios de todos, que cada persona era única y querida para Él, y que su amor no respondía a la visión justiciera de la teología deuteronómica.

 

De hecho, la misma Biblia fue operando ya una reinterpretación profunda de los salmos, acomodándolos al avance de la revelación. En el AT, por ejemplo, los salmos referidos al rey pasaron a ser aplicados al Mesías y la esperanza puramente terrena tendió a ser interpretada como esperanza escatológica. Y en el Nuevo Testamento son leídos siempre en perspectiva cristológica, es decir, a la luz de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús el CristoEl mismo Jesús practicó una relectura actualizada del Antiguo Testamento. Luís Alonso Shökel hace notar, por ejemplo, como Jesús rompe una imagen vengativa de Dios sustituyéndola por otra de pura gracia y misericordia, cuando "en la sinagoga de Nazaret suprime el último verso de Is 61,1s, que le tocaba leer aquel día (Lc 4,18s)". Porque ese verso, que proclamaba "el día del desquite / venganza de vuestro Dios", era lo que deseaban escuchar los impacientes del poder romano", pero no respondía ya al amor del Abbá que Jesús anunciaba.

 

 

 

JUSTAMENTE AL REVES

 

La diferencia entre los futurólogos y los profetasestá en esto: los futurólogos interpretan el futuro a partir del presente, mientras que los Profetas interpretan el presente a partir del futuro. O sea, justamente al revés. ¿Qué quiere decir esto?

 

En la mentalidad de los Profetas, el futuro de los hombres es Dios mismo. Lo cual quiere decir que el futuro de los hombres es la vida sin límites, la vida más plena y más dichosa, la vida más completa. Porque todo eso es Dios y es propio de Dios. Ahora bien, desde ese punto de vista es como los Profetas miraban a su presente y enjuiciaban el presente, o sea la situación de los hombres y de la vida y, en general, todo lo que se iba presentando. Por eso, los Profetas solían criticar duramente su momento presente, las situaciones de su tiempo, los comportamientos de la gente y, en general, todo lo que se refería a su momento presente.

 

Pero, ¿por qué hacían eso los Profetas? La explicación es muy sencilla: cuando las cosas se ven desde la plenitud de la VIDA, que es Dios, no hay más remedio que hacerse crítico con relación al presente. Porque enseguida se da uno cuenta de la cantidad de limitaciones y miserias que tiene la vida presente. Por eso, aquellos antiguos Profetas veían claramente que la mayor parte de la gente no buscaba nada más que su interés particular, con lo cual la vida se convertía en una auténtica miseria: cada cual iba a su apaño y así todo el mundo salía perdiendo, sobre todo los más débiles, los pobres y en general la gente que no podía defenderse por sí misma. La resultante de todo esto era una vida en la que cada uno es un lobo para los demás. Y entonces, todo es querer averiguar el futuro desde la miseria del presente, mientras que el verdadero problema está en cambiar el presente desde la maravilla de vida que se nos promete en el futuro. Por eso, los Profetas no se cansan de llamar la atención a la gente, sobre todo cuando estaba en juego la felicidad o la desgracia de los más desamparados. Así, el profeta Isaías clamaba en uno de sus sermones: “Buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda” (Is 1,17).

 

Los pensamientos de Dios son: que haya vida para todo el mundo, que haya pan y trabajo y alegría para todos, y para todos por igual. Mientras que los pensamientos de los hombres son: que haya vida y alegría para mí. Por eso hemos dicho que los Profetas iban al revés del común de la gente. En este punto eran hombres muy radicales y sin medias tintas. Y cuando las cosas estaban “mal dadas” para el pueblo y cundía el desaliento se convertían en hombres de esperanza, en anunciadores de nuevos éxodos….. hasta los cielos nuevos y la tierra nueva, hasta el paraíso.

 

La Biblia no es sino un proceso de descubrimiento del rostro de Dios, pero para ello la pedagogía que usa con frecuencia es ir aclarando qué no es Dios. 

 

Según el mensaje bíblico, el reconocimiento de Dios es, fundamentalmente, la negación de los ídolos. Lo opuesto a la fe en Dios no es el ateísmo, sino la idolatríaPor eso la lucha contra la idolatría es el tema principal que recorre el Antiguo Testamento y está siempre de telón de fondo en el Nuevo. La historia de la salvación no es otra cosa que un despegarse de los ídolos: desde Abrahán a la Iglesia de nuestros días, es tarea del creyente “no ir detrás de las vaciedades” (Jer 2,5) y “guardarse de los dioses falsos”(1 Jn 5,21) para poder servir al único Dios viviente.

 

En la asamblea de Siquén Josué presentó al pueblo con claridad la disyuntiva: “Si no quieren servir a Yavé, digan hoy mismo a quiénes servirán, si a los dioses que sus padres sirvieron en Mesopotamia, o a los dioses de los amorreos que ocupaban el país en que ahora viven ustedes”(Jos 24,15). Tiene que ser clara la discriminación entre las dos situaciones. 

 

Así lo gritaba Elías contra la sociedad de su tiempo: 

 

“¿Hasta cuando van a caminar con muletas? Si Yavé es Dios, síganlo; si lo es Baal, síganlo a él” (1 Re 18,21). La verdadera alternativa, a la que está sometido cada hombre, es y será siempre, la aceptación del Dios viviente; o su rechazo, con la consecuente aceptación del servicio a sus ídolos. 

 

Este tema no puede ser propio solamente de épocas pasadas. También actualmente se inventan ideologías alienadas, fetiches e ídolos. También ahora existen personas egoístas y sistemas de opresión que para mantenerse en sus privilegios producen ídolos justificadores, a los que diariamente ofrecen sus víctimas.

 

A los que nos llamamos creyentes nos resulta cómodo hacer resaltar una línea de división entre nosotros y los llamados ateos. La insistencia en la alternativa fe-ateísmo, más que en la de fe-idolatría, llega a resultar una tentación de comodidad autojustificadora. En cambio, cuando se mantiene el problema en los términos “Dios o los ídolos”, forzosamente todos estamos implicados en él. El cristiano debe reconocerse en un proceso de continua purificación de la idolatría: los ídolos del mundo son también los nuestros. La enseñanza de la Palabra de Dios es que no hay ateos y Pueblo de Dios, sino idólatras y creyentes con tentaciones de idolatría... A la Iglesia no la contaminará tanto el ateísmo, por fatal que pueda ser a veces, como los dioses falsos. 

El mensaje bíblico sobre la idolatría es esencialmente un mensaje de liberación y de esperanza en momentos de crisis y de opresión del pueblo de Israel y de las primeras comunidades cristianas. Nuestra situación histórica es en muchos puntos diferente, pero en el fondo la situación humana y el mensaje es el mismo.